sábado, 19 de mayo de 2018

Después del fuego


Mayo 2015
I

   Goyo Zapata, el Paralítico, llegó al consultorio temprano y tuvo que esperar su turno. Cuando estuvo dentro del despacho del psiquiatra, las palabras salieron de inmediato.
   —Sigo viendo los bichos, doctor, me van a volver loco.
   La alfombra verde del recinto estaba visiblemente gastada. El escritorio era antiguo, robusto y de buena madera. Las paredes estaban cubiertas de libros en estantes que llegaban hasta el techo. Había ejemplares apilados en el piso, como si, luego de una mudanza reciente, no hubiera habido tiempo de acomodarlos. 
   Había en el ambiente, un aspecto general de desorden.
   —¿Los ve todo el tiempo? —interrogó Lucas, arrellanado en el asiento amplio, luego de despedir una amplia bocanada de humo. 
   El Paralitico oyó la voz cavernosa, perturbando la burbuja de delirio que le envolvía el cerebro. A pesar de eso, la contestación salió rápida y segura de sus labios.
   —Por supuesto.
   Y agregó de inmediato, con ansiedad:
   —Estoy desesperado… ¿No lo nota?
   El médico era un hombre alto. Estaba ataviado con el mismo guardapolvo blanco que usaba en el manicomio. Tenía el cabello gris desmelenado, como un marinero en medio de una tempestad. Tal vez por la posición de su mentón erguido, su frente se mantenía despejada por encima de sus ojos grandes, celestes y saltones. Con los brazos abiertos, despejando su abdomen prominente, parecía un rey observando a un vasallo, dispuesto a creerle todo. 
   En principio evitó responder, y en cambio, preguntó.
   —¿Las pastillas no le hacen efecto?
   —¿A qué efecto se refiere? —inquirió Goyo con un dejo de irritación que no pudo contener.
   —A una disminución de la veracidad de la imagen —enunció Lucas, después de dejar la pipa, acercando ambas palmas de sus manos, pero sin hacer contacto entre ellas. 
   El ademán aludía a la reducción de los síntomas. El Paralítico comprendió y su cara se tornó más sombría aún. 
   El médico observó con atención el semblante de su paciente. Seguramente trataba de cotejar la concordancia de la expresión con el agravamiento del trastorno postraumático que padecía. Se quedó pensando mientras miraba al techo con las manos enlazadas sobre la nuca. Después de un rato soltó un suspiro, como si hubiera resuelto un dilema complicado. Entonces se levantó del sillón: era la señal inequívoca, la sesión había terminado. Abrió el cajón de su escritorio y sacó el talonario. Escribió de pie, inclinando el cuerpo sobre la amplia superficie del mueble. 
   Arrancó la receta y se la extendió a Goyo. Le aconsejó volver dentro de quince días o que lo llamara si el problema se agudizaba; el Paralítico entendió la acotación final como una disculpa: de haber tenido “muestras gratis” del laboratorio, Lucas se las habría provisto en ese momento.
   El médico lo había tratado por primera vez en el “Centro de Veteranos de Malvinas” hacía once años. Conocía todos los vericuetos y las estrecheces de su vida. Lo había sacado de varias crisis severas. Incluso le había pasado el número de su celular por si lo complicaba algún episodio. Sabía que vivía solo y sin la posible asistencia de parientes cercanos. Él lo atendía gratis también en su consultorio particular. El Paralítico, siempre tuvo la intención de reconocer esa ayuda de un modo tangible, pero su situación económica solo le permitía decirle gracias. Goyo se sentía en deuda con él, y el médico lo debe haber intuido, porque un día le dijo: «Acepte esta humilde ayuda porque no es nada comparado con lo que usted ha dado por la patria». Ambos se respetaban mucho, tenían una relación cercana, pero nunca habían llegado a tutease. 
   Lo acompañó hasta la puerta y levantando el índice, adicionó una prescripción más: «La primera dosis, tómela doble».
   El Paralítico veía hormigas a su alrededor, pero la urgencia le ganaba a la tortura de las visiones. Se apuró. Lo apremiaba encontrar abierta la farmacia donde conseguía los medicamentos gratuitos. Además del aprecio, el respeto y el agradecimiento por todo lo que hacía por él, confiaba plenamente en la pericia de Lucas. Hizo más fuerza con los brazos sobre los aros de la silla de ruedas. Quería llegar rápido a la droguería.

II

   Durante la guerra de Malvinas, Goyo sobrevivió al hambre robando gallinas de los corrales isleños. Su regimiento estaba acorralado y sin víveres. A él le habían encomendado rastrear los alrededores en busca de comida. Las imágenes de la noche del ataque final, quedaron apretadas en un borde de su memoria. Se acuerda del estruendo y el esplendor del fuego, sonido y luz. Luego viene un vacío. Y a partir del otro borde de la brecha abierta en su mente, la cama blanca del hospital. Una bala alojada en la cabeza le destrozó un ojo y la explosión le borró los extremos de las dos piernas.
   También otros recuerdos de la tragedia lo atormentan: el silbido previo a la caída de las bombas, los estallidos y el olor a pólvora en el suspiro asmático del aire de las islas. 
   Las pastillas aminoran el efecto de sus pesadillas y las visiones diurnas, pero tiene sus altibajos. Cuando empeora, el psiquiatra le cambia los medicamentos. En el cuerpo y en el alma se le alivian las huellas de los estragos del combate. Pero a veces no alcanzan a aplacar la furia horrenda de los gritos, cuando todavía está dormido, en la oscuridad del cuarto, en medio de la impaciencia por despertar. 
   En los sueños se hunde chapoteando en el barro, bajo la lluvia, aterido de frío entre el viento y la escarcha raspando con las uñas las colinas desiertas. Revive el bramido de los gritos en las gargantas de los compañeros, el color escarlata de la sangre, el olor del lodo pútrido que le cubría el uniforme. Recuerda el sonido del percutor en los fusiles sin balas, el espanto de las explosiones, la necesidad imperiosa de buscar un agujero donde esconderse. 
   La guerra se le quedó adherida como una piel perpetua.
   Durante el primer año, una vez concluido el conflicto armado, cuando estaba solo, pensaba: «¿Quién sabe lo que es la guerra cuando no estuvo en un infierno así? Eso no se puede contar, se vive. Y después, se quiere olvidar y no hay caso, no se puede. ¿Cómo se puede borrar el espanto de la cabeza? ¿Algún día podré disfrutar de un sueño dulce? Aunque sea una sola noche, una sola. No, la guerra es algo aferrado con cien ganchos de acero a la espalda y pesa una enormidad. Y nunca cesa el ruido, el tableteo, el zapateo de los cañones antiaéreos, el fuego, tanto fuego, demasiado fuego. El que pasó por aquel lodazal, por el barro y el frío, no olvida jamás ese calvario».
   Todo sucedió hace treinta y tres años.
   A veces, muy de vez en cuando, le burbujean en la cabeza pequeñas improntas de esos días interminables de miedo, angustia y llanto. 
   Lo que recuerda con frecuencia es la tristeza y el dolor del retorno. La sonrisa y los ojos esquivos de su novia. La decepción: ella no había esperado el regreso de un novio tullido y pronto lo cambió por otro. No quería la mitad de un hombre, ni la mitad de un cuerpo. Y él, medio cuerpo de la cintura hacia arriba, no alcanzaba a ser un hombre entero. 
   Después no tuvo relación con ninguna mujer. 
   Hay muchas cosas que han desaparecido en su vida. Ya conoce el aspecto de la fatalidad en la cercanía del horizonte de su existencia.

III

   El ciego Petrus, alias el Topo, se detuvo en la esquina de Junín. El sonoro tac-tac del golpeteo del extremo metálico del bastón blanco cesó en el cordón amarillo. 
   Goyo, al verlo a media cuadra de distancia, por la misma vereda, detuvo su marcha. Si continuaba andando se iba a enfrentar con él, pero como no tiene ganas de charlar, ha decidido evitar el encuentro, dar media vuelta, retroceder y rodear la manzana. Lo conoce hace tiempo y sabe que es un tipo de trato áspero. Cuando habla, segrega un hilo del rencor acumulado por circunstancias difíciles de su vida, se le enreda en el lenguaje, y hoy, el Paralítico, no está de humor, no tiene ganas de hablar. Por eso cambió la ruta.
   Hizo rodar la silla y llegó por la parte de atrás a Plaza Houssey, al costado de la Parroquia. Se detuvo, dio un giro accionando los aros cromados de las ruedas y quedó de cara a la calle, mirando distraído el paso de los transeúntes. Un rato más tarde el repiqueteo del bastón se había hundido en el ruido del tránsito que circulaba por los carriles congestionados de la avenida Córdoba: seguramente se dirigía hacia el Bajo y había desaparecido de su vista. 
   Se acercaba el crepúsculo en Buenos Aires. El verano agonizaba, pero aún sofocaba en la calurosa tarde de marzo.
   Se pasó una mano por la barba negra, rala, sobre la pálida cicatriz que le cruzaba la mejilla derecha. Un parche negro le tapaba el ojo malo engarzado en la piel cetrina del rostro. El cielo, a su espalda, se recortaba con tonos dorados tras las torres de los edificios.
   Las puntas de la cabellera gris asomaban por debajo del sombrero negro de alas vencidas. Tenía puesta una camiseta verde que dejaba al descubierto los músculos fuertes de los antebrazos. Se había arremangado las botamangas del pantalón casi hasta las rodillas dejando expuestas las extremidades inferiores: dos tubos cromados que terminaban en un par de zapatillas marrones.
   Hincó los codos en los apoyabrazos. Se quedó quieto, serio, con la silla detenida. La nariz ganchuda le daba un aspecto de ave de rapiña esperando a la presa.
   Tiró un puñado de migas de pan a su alrededor y esperó. Pasó menos de un minuto, las palomas bajaron de los árboles en una danza apresurada y se pusieron a picotear como si estuvieran solas. Las miró y pensó que no le darían mucho trabajo. 
   Tomó la gomera, apuntó con el ojo bueno y soltó el cuero que sostenía la piedra. El impacto fue certero, un sonido sordo se alojó en la cabeza de la paloma, como si el ave estuviera rellena de trapos. Todo sucedió muy rápido, el pájaro ni siquiera pudo intentar un despegue, una huida. El cuerpo blando se desplomó sin vida.
   El Paralítico se acercó, inclinó el torso, extendió el brazo hacia abajo y alzó el cuerpo tibio tomándolo del ala. Abrió la boca de la bolsa de arpillera que tenía colgada de la silla y tiró el trofeo de caza en el fondo, sin mirar. Repitió la maniobra algunas veces más hasta que se dio por satisfecho. La bolsa estaba por la mitad, era una buena cacería. El sol ya no iluminaba la plaza Houssey y decidió dar por terminado el día.

IV

   Llegó a su casa de noche. Desparramó los pájaros muertos sobre la mesa. Con la tijera larga cortó las plumas, en forma bastante desprolija, y las tiró en el tacho de basura de la cocina. Les quitó las partes inservibles y puso a hervir lo que quedó de los cuerpos pelados en la cacerola. A la media hora estaban en la mesa. Desprendió con la mano los huesos, mezcló la carne con la polenta que tenía preparada y se puso a comer.  
   Juntó los restos y los tiró en el patio trasero de la casa. Los gatos eran minuciosos y tenían paciencia en raspar lo que quedaba. 
   Decidió bañarse. 
   Le demandaba mucho tiempo hacer esa tarea, pero lo necesitaba. Hoy había sido un día largo, y para colmo venía durmiendo mal porque no había tomado las pastillas. En la casa debería haber una caja llena, estaba seguro, pero hacía tres días que la buscaba y no la encontraba por ninguna parte. 
   Por eso, hoy a la tarde había empezado a sufrir los síntomas, veía cosas raras. Mañana, sin falta, pasaría de nuevo por lo de Lucas, a pedirle otra receta. No le gustaba pedir más favores de los que ya le hacía el psiquiatra, pero no tenía otra salida. 
   Se fue a acostar después del baño, pero le costó conciliar el sueño. Antes de dormirse escuchó el siseo entre la hierba, a través de la ventana de su dormitorio que daba al fondo de la vivienda. Eran las ratas comiendo los restos de comida.

V

   A la mañana siguiente, se despertó asustado, había tenido un sueño espantoso. Los resabios delirantes giraban como ruleros en la memoria. Lo acosaban. El mejor modo de expulsarlos de su cabeza, cuando sufría la falta de las drogas que le aportaban los remedios, era escribir, colocar una hoja en blanco delante suyo, estampar en ella las letras adecuadas y liberar sus fantasmas. 
   Se vistió rápidamente. Hizo todas las maniobras necesarias. Se bajó de la cama y se sentó en la silla de ruedas. 
   Salió de la pieza y se acercó a la mesa del living. En uno de sus extremos estaba la máquina de escribir. Se puso a golpear el teclado sin levantar la vista durante dos horas seguidas. Estaba ansioso, quería terminar cuanto antes porque la idea se le escapaba de los dedos.
   Al mediodía terminó de redondear el borrador del cuento. Se había agotado en esa tarea, el trabajo lo había puesto más tenso. Le costaba mucho trabajo volcar las ideas al papel. Se dio cuenta de que tenía puesto el sombrero y se lo quitó. Lo dejó sobre la mesa. La angustia le comía la cabeza, no se podía librar de la pesadilla. Se pasó los dedos por los cabellos. 
   Vio perfectamente a la hormiga gigante a contraluz sobre la ventana. 
   Era un bicho carnívoro de medio metro de largo sin contar las extremidades, negro como un tronco con las ramas quemadas. Movía las antenas, estaba en el rincón, al lado del sofá. Ahí se había quedado quieta, con el abdomen con forma de pelota de rugby descansando en el piso y las seis patas recogidas. 
   Goyo buscó la caja de fósforos revolviendo nervioso en el cajón de la mesa. Quería tener un instrumento de defensa por si el bicho lo quería atacar. Miraba de reojo la cabeza triangular y los ojos facetados del insecto. Encendió con cuidado un bollo de papeles arrugados y los colocó dentro de la salamandra que estaba en el medio de la habitación. Luego introdujo el extremo de un tronco delgado. Aguardó a que se encendiera la punta. Ni bien empezó a crepitar, escuchó los golpes inconfundibles en la puerta de entrada de la vivienda.
   Era el ciego.
   —¡Pasá! —gritó sin darse vuelta. No lo esperaba. Parecía mentira, pero siempre llegaba en los peores momentos, parecía olfatear la desgracia ajena. Ni siquiera se movió de la silla, la puerta de la casa siempre estaba abierta. No tenía que ir a abrir. 
   Escuchó el extremo metálico del bastón tanteando las baldosas del pasillo. Luego lo vio pasar delante de él rozando el sofá y observó con atención cuando se sentó, alejado del extremo donde estaba la hormiga. 
   —Estabas escribiendo —aseveró con ironía, en vez de preguntar.
   —¿Y vos cómo sabés?
   —Hace un rato que estoy afuera escuchando cómo le das a las teclas.
   —Ah… ¡mirá vos! —dijo Goyo alzando las cejas como si el otro pudiese verlo— ¿Así que ahora te dedicás a espiarme?
   —¡No te pongas dramático, che! —exclamó, tratando de que el diálogo no se pusiera ríspido—. Solo esperé un poco. No quería interrumpirte.
   —¿Encima te tengo que agradecer la paciencia?
   —Eso no, pero la compañía sí…, me parece.
   —Sí, tenés razón, disculpame.
   —Si te molesto me voy —acotó el Topo, con cierto dejo de desafío.
   —No, quedate. Ya terminé por hoy.
   —Te noto la voz temblorosa, ¿te sentís bien?
   —Tuve pesadillas, pasé mala noche.
   Goyo afirmó la voz, tratando de no prolongar la intromisión del otro en los detalles de su vida, pero su intento fue en vano.
   —Hace varias noches que te pasa lo mismo, ¿no?
   —Más o menos.
   —¿Fuiste a verlo a Lucas?
   —Todavía no.
   Y le dijo la verdad porque recién tenía turno a fin de la semana próxima. 
   Pero el ciego, justamente por su condición, probablemente accedía con facilidad a la percepción de los pequeños detalles, a los aromas y olores, a las mínimas variaciones de las inflexiones de la voz, y todo eso junto, quizás le daba más conocimiento del ánimo de Goyo, que si contara con el uso pleno del sentido de la visión.
   El Paralítico separó un poco la silla del borde de la mesa. Con la mano sacó de un tirón hacia arriba la hoja de papel en cual había escrito y la puso sobre la pila de libros. El sonido de la brusca rotación del rodillo y el impacto metálico de la barra sujetadora rebotó en las paredes y se fue atenuando en un eco postergado hacia los rincones de la sala. Estaba inquieto y se notaba en la rudeza con que trataba a los objetos. 
   Abría demasiado los ojos intentando ampliar su campo visual de modo exagerado. Quería observar a Petrus, pero sin quitar la vista del rincón donde acechaba el insecto. Estaba en un estado de expectación y sensibilidad extrema. El temor le tensaba los músculos. Estaba cerca de la estufa y pensaba que, si el monstruo se le acercaba, podría asir el tronco y quemarlo con la punta encendida, o por lo menos espantarlo con el calor de la brasa. La situación lo alteraba. 
   En general tenía poca tolerancia a los interrogatorios del Topo, porque sus preguntas eran insidiosas, buscaban sus zonas débiles, lo molestaban, lo aguijoneaban. No era mal tipo, pero tenía esas cosas. Le nacían del resentimiento de una vida complicada. En eso se parecían ambos, en las tragedias de sus vidas, porque si es que existe el destino, éste se había ensañado con ellos. Claramente. 
   Entonces, le dijo directamente que, si no venía por un asunto importante, lo mejor sería que se fuera, porque él se iría a ver si hacía unos mangos en la plaza Houssey. 
   Goyo tenía muchos recursos que había aprendido en la calle: a veces vendía pañuelitos de papel, o biromes. Nunca había querido entrar en la distribución de los sobrecitos de droga en el barrio de Balvanera. Eso era un viaje de ida, o uno terminaba “volando”, o amanecía tirado en un baldío con un tajo mortal en el tórax. Él andaba tranquilo por las calles del Centro, o en el subte, ganándose la vida todos los días. 
   Otra vez empujó las ruedas hacia atrás. En realidad, quería irse de su casa lo antes posible porque se estaba quedando sin comida en la alacena, pero también era preciso alejarse del bicho: lo obsesionaba y seguía quieto en el rincón de la sala.
   Se puso la gomera en el bolsillo y comprobó si llevaba la bolsa con piedras en el costado de la silla. Ya estaba preparado y más cerca del pasillo de entrada. 
   Como si hubiese presentido las intenciones del Paralítico, el ciego habló al aire con la frente levantada, tratando de retenerlo con un poco de conversación, con los ojos abiertos, como dos nubes blancas.
   —¿Otra vez tuviste ese sueño?
   —¿Cuál?
   —El del fuego.
   Goyo le dijo que no. 
   El cerebro le cambiaba la película, ahora era otra cosa, tal vez la bala alojada en el cráneo se había movido, tocando otro nervio. Aunque estaba despierto, veía con total nitidez a esa maldita hormiga. No sabía si mañana vería a otro monstruo, pero hoy era éste, del cual no podía despegar la vista. 
   Trató de espantar esos pensamientos de su cabeza, pero en su desorden no pudo dejar de oír la voz inconfundible indicando que el diálogo no había terminado.
   —Che… Hace calor hace acá ¿no?
   —Por supuesto, yo encendí la punta del tronco en el brasero.
   —¿Para qué? Si no hace frío.
   —Para defenderme del bicho.
   —¿Qué bicho? —indagó desconcertado el Topo.
   —El que tenés al lado tuyo.
   Se lo dijo con convicción porque la imagen era en extremo verídica, tal vez exagerando un poco, procurando que el ciego se asustara y se fuera. Pero sea como fuese las palabras se armaron de modo casi inconsciente y se le resbalaron con soltura por los labios, lo dijo en voz alta, en un diálogo que ya no podía manejar, simplemente se le escapaba.  
   El Paralítico se sentía raro, se frotó los ojos. Pensó que debería tener un brillo iridiscente en las pupilas porque vio una variación de colores cuando miró, nuevamente, de reojo al insecto.
   Todo se le mezclaba en la mente y se le confundían las ideas en una constante permutación. Pensó en lo que había escrito. Había armado el argumento del cuento y todavía su cabeza bullía con las imágenes siniestras del sueño. 
   Las ideas se balanceaban entre la visión nítida de la hormiga y los resabios del sueño de la pesadilla nocturna. Entrelazó los dedos de las manos como quien va a declamar un discurso ante un auditorio lleno, y encogiendo el mentón advirtió impaciente: 
   —Está caminando hacia vos.
   El Topo pareció haberle dado alguna entidad a lo que oyó porque le respondió algo acerca de tomar alguna pastilla. Parecía prestar atención a las palabras, seguía sentado en la misma posición, como una estatua de granito, con el bastón extendido, impasible y atento. Y eso, a Goyo, lo ponía más nervioso porque estaba excitado por la escena que tenía delante, lo cual le impedía prestar atención a la conversación. Por eso insistió:
   —Te vas a convertir en su almuerzo. 
   A lo que el otro le respondió en tono burlón.
   —Y dejala… a ver qué pasa… —declaró como si estuviera desafiando a un demente— probemos.
   El Paralítico no soportaba la soberbia del rostro blanco de ojos muertos, sin vida. Veía que el insecto avanzaba, lo veía con una nitidez sólida, concreta, difícil de describir; con las patas ganchudas se había trepado al sofá, tenía la cabeza recta, las dos mandíbulas abiertas, y bamboleaba las antenas. Quería sacarse esa imagen de la cabeza, pero no podía: era demasiado real. La idiotez del ciego lo llenaba de espanto. Su temor aumentaba y el miedo le estiraba la cicatriz de la mejilla, debajo de la barba oscura, pero no atinó a repetir la advertencia del peligro que se desplegaba claramente en su retina. Se agitó en la silla, inquieto. 
   No dudaba. La hormiga tenía vida, y era evidente: estaba hambrienta. El Paralítico aguardó sin perder detalle de lo que sucedía ante sus ojos. El tiempo se estiraba como un chicle. El insecto enorme levantó la cabeza. Tenía preparadas las tenazas, iba a destrozar el cráneo de Petrus. Goyo no quería escuchar el grito, el crujir de huesos, ni ver cómo se engordaba el abdomen del insecto. Tuvo miedo. Pensó en una salida.
   Tomó una piedra grande y la puso en la gomera, después apuntó con el ojo bueno a la cabeza del bicho, estiró el brazo hacia atrás todo lo que pudo, apretó los dientes y soltó el cuero. 
   No podría decir porqué, pero no oyó el sonido del impacto que había dado de lleno en la cabeza de la hormiga, ni tampoco vio estallar la corteza, ni vio salir el líquido viscoso, como una crema gris. Tampoco vio que las extremidades se fueron encogiendo sobre el cuerpo hasta reducir su tamaño a la mitad, ni que el bicho cayera luego al piso como un muñeco desarmado, como si se marchitara. No vio nada de eso. Vio que la hormiga seguía intacta sin haberse comido al viejo.
   Ese fue el momento en que, agotado, perdió el conocimiento y el mundo desapareció.

VI

   Petrus encogió bruscamente los hombros al escuchar el ruido de cristales rotos. Parecía desconcertado y no atinó a levantarse. 
   Esperó.
   Después del estampido todo quedó en silencio, lo cual para él era peor que la oscuridad.
   Luego de un largo rato se levantó y fue caminando hasta encontrar la silla de ruedas. Tanteó. Buscó con sus manos la cabeza de Goyo hasta que la alcanzó. Había quedado apoyada sobre el hombro y el respaldo de cuero. La dejó en esa posición, el aire entraba bien a los pulmones, aunque los músculos del cuello estaban flojos. Le tomó el pulso, estaba bien. Con voz clara lo llamó por su nombre, repetidas veces, sin obtener respuesta. Seguramente deducía que se había desmayado. Y tal vez, suponía, que el Paralítico había llegado a esta situación agotado por las malas noches pasadas. 
   Se quedó parado en ese lugar. Al rato empezó a transpirar por el calor que emanaba de la salamandra. Estaba incómodo, pero no abandonó su posición, tal vez porque estaba más acostumbrado a las situaciones molestas que el común de la gente.
   El ciego levantó un poco la frente, como un animal oteando en un lugar peligroso. 
   Con paciencia sacó el celular del bolsillo y lo tomó con las dos manos. Con la derecha lo sostuvo y deslizó con habilidad el índice de la izquierda sobre la pantalla oscura. A medida que desplazaba el dedo, el lector de voz mencionaba el nombre de un contacto. Cuando escuchó el que estaba buscando, detuvo el recorrido. Pulsó dos veces en ese lugar y esperó a que atendieran la llamada. 
   —Hola —dijo Lucas.
   —Hola doctor, habla Petrus.
   El médico conocía al ciego, sabía que era amigo de Goyo Zapata. 
   A continuación, Petrus le hizo un resumen de lo que le había pasado al Paralítico. Habló con frases breves y voz pausada. Luego de agradecerle, cortó la comunicación y apagó el aparato. Después, con una sola mano, lo guardó en el bolsillo.
   En menos de una hora tocaron a la puerta. 
   El ciego se dirigió al pasillo y preguntó quién llamaba.
   —Vengo de parte del doctor… ¿Está el señor Zapata?
   —Pase —dijo Petrus.

VII

   Al día siguiente Goyo se despertó abriendo los párpados con suavidad y miró a su alrededor. Lo vio al Topo al pie de la cama. Sobre la mesa de luz había un blíster de pastillas. Sintió el tironeo de una cinta adhesiva sobre la piel del antebrazo y debajo de ella un pequeño cuadrado de gasa blanca. 
   Le preguntó a Petrus qué había pasado y el ciego le contó: ayer Lucas había mandado a una enfermera, ella trajo la medicación y le dio una intravenosa. 
   El Paralítico había dormido quince horas. 
   La hormiga se le había esfumado de la cabeza. Sintió un alivio enorme.
   Más tarde, las cenizas en la salamandra le traerían vagos recuerdos de lo sucedido el día anterior, y vería con cierto asombro, además, que el vidrio de la ventana de la sala tenía un agujero del tamaño de una manzana y estaba totalmente astillado.



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viernes, 11 de mayo de 2018

Por encima de las nubes


   Escribo estas líneas porque si no lo hago terminaré mordiéndome los dedos. Tuve que dejar pasar dos días para ser más objetivo, o por lo menos haber bajado de las nubes, y volver a pisar la tierra, a fin de contar, menos eufórico, las sensaciones de la experiencia de esa noche. Me refiero a la firma de ejemplares en la Feria del Libro en mi ciudad: Buenos Aires.
   Me dirigí al predio de la Sociedad Rural, donde se está desarrollando este evento anual de tanta trascendencia, con el mismo espíritu con que lo he hecho en otras tantas oportunidades como lector, con la ansiedad del amor a los libros que me acompaña desde que tengo memoria. 
   La editorial había asignado una hora para cada uno de los escritores que iban a firmar. 
   Mi expectativa era sencilla, solo aspiraba a sentarme en el stand asignado para disfrutar simplemente del momento, quería permanecer por ese lapso de tiempo abstraído en el centro de gravedad de la cultura literaria. Era la primera vez y me invadía la incertidumbre de una cita importante, como si se tratase del primer encuentro con una chica bonita que hubiese conocido en el baile de la noche anterior. 
   No pensaba en la cantidad de personas que podría asistir a la firma, pensaba que serían muy pocos. Quería observar el ajetreo de la muchedumbre entre las bibliotecas, las mesas de exhibición, las escenografías que habían montado las editoras, los carteles, los afiches, las luces, sintiéndome parte de este suceso extraordinario, disfrutando de la fascinación de ver como la gente observaría mi libro. 
   Y fue muy grande mi sorpresa al ver que los amigos, amigas, familiares, invitados, desconocidos, comenzaban a llegar, compraban el libro y me pedían una dedicatoria. Me puse a conversar, sentí el trato afectuoso, era una situación de lo más extraña y agradable. En suma, un clima de fiesta se había instalado en mi interior. Y fue creciendo de tal modo que estuve en el stand, entre charlas y firmas, el doble de tiempo que me habían otorgado. 
   Había llegado con el ánimo dispuesto a disfrutar del acontecimiento como lector y casi sin darme cuenta me había convertido en actor del mismo. Yo, un autopublicado, me encontraba entre cientos de escritores famosos. Porque, aunque no los veía, sabía que también estaban nuestros maestros, los grandes autoras y autores, esparcidos por todos los vericuetos de la muestra, en conferencias, asistiendo a reportajes de los móviles de las radios y las televisoras, compartiendo debates en los distintos pabellones. Y eso me ponía más contento, sabía que estaba transitando un momento fugaz, pero importante de mi vida, en esa noche, y quería hacerlo con plenitud en cada uno de esos instantes inolvidables.
   Así transcurrió la firma de ejemplares hasta que, ya excedido el plazo, tomé mis cosas y me fui retirando, realmente feliz, emprendiendo los casi doscientos metros que me separaban de las puertas de salida del predio.
   Vinieron a mi mente, mientras avanzaba atravesando los distintos sectores de la Feria, en un instante de distracción, tan breve como un soplo, una serie de reflexiones rumiadas durante un tiempo prolongado, y que las podría resumir del siguiente modo: 

   Hace un tiempo me rompía la cabeza pensando en qué consistía ser escritor. Y me interrogaba con incertidumbre acerca de si yo lo era o no. Hoy sé que se trata simplemente de tomar la decisión de serlo. Escribir es una de las tareas más difíciles y perturbadoras que ha inventado el ser humano. Es una actividad dura, muy dura y que elegimos ejercer toda la vida.
   A mí me cuesta, debo trabajar mucho a fin de crear un texto con el que esté medianamente conforme, después de corregirlo hasta el cansancio. Y además me resulta muy difícil alcanzar las condiciones anímicas para arriesgarme a publicarlo. Por fortuna lo hago, a veces hasta por desesperación, y lo digo así, aunque el término pueda parecer exagerado. 
   Por otra parte, me he atrevido a dar un paso más, me he animado a publicar mi primer libro, he comenzado con esta tarea hace más de un año y creo que ha valido la pena. Ahora pienso que lo he hecho en el momento justo, porque los textos tienen fecha de vencimiento, una relectura de los más recientes la puedo tolerar, pero si tomo uno más antiguo puedo caer en la tentación de sepultarlo en la tumba más profunda del olvido, incluso destruirlo.
   Hay muchas horas de esfuerzo y muchas ilusiones acumuladas en las páginas de una publicación. Es un recorrido lleno de tropiezos, angustias, aciertos, todo desplegado en un abanico que va desde el sufrimiento hasta el éxtasis. En definitiva, una experiencia humana fascinante. 
   Esta actividad no tiene horarios, hasta los sueños nos proveen materiales para volcar nuestros fantasmas al papel, crear personajes que hablen por nosotros, y expresar sentimientos. Y lo hacemos en extrema soledad. Y cuando publicamos en muy escasas y acotadas circunstancias nos enteramos por medio de algún comentario del efecto que ha producido la compleja estructura de símbolos que hemos articulado en nuestro trabajo. 
   Vemos con asombro las variadas interpretaciones de los que nos han leído y nos preguntamos que habrá sentido ese lector lejano, el marinero que lo ha leído en la cubierta de un barco navegando por el río, o la joven soñadora desvelada en su cama con el libro en la mano, o la mujer que recorre los renglones de la página, abstraída del bullicio, viajando en el ómnibus.
   En el siglo de las Comunicaciones arrojamos nuestras botellas al mar intentando tender lazos emocionales, intelectuales, reflexivos, con la peregrina necesidad de buscar la compañía de otra persona que comulgue con el cifrado de la historia que contamos, aún con la certeza de que es baja la posibilidad de que tengamos registro de ese suceso mágico. Y a pesar de eso, lo hacemos.

   Fue solo un breve instante, una epifanía reflexiva que se diluyó como una estrella fugaz. Había llegado a la salida y estaba tan henchido de orgullo, tan contento, que tuve la sensación de no poder atravesar los molinetes que daban al playón de Plaza Italia. De veras: pensé que no pasaría entre ellos. 
   En ese momento pensé en la compilación de cuentos que estoy haciendo para mi próximo libro. Y me dije que está bien, que vale la pena. A pesar del costo económico que implique, si es que no consigo que alguna editorial asuma el riego de invertir en la publicación, en todo o en parte.
   Hay cosas que no se miden por medio de números o de montos de dinero, cosas que son inexplicables, pero que suceden, y, en definitiva, constituyen la mejor parte de nuestras vidas y dan cuenta de los mejores actos de que somos capaces. 
   Como publicar un libro, que alguien lo lea, y que nos diga que le gustó.
   Y que nos pida que le escribamos una dedicatoria en la primera página, en la Feria del Libro.





sábado, 28 de abril de 2018

Cuando llueve sobre las islas



   Apoyada en el alféizar de la ventana, con las cortinas abiertas de par en par, Elena mira hacia la profundidad de la noche. Apoya los codos y juega con el anillo de oro. Desde la base del anular desliza la delgada alianza hasta el comienzo de la uña. Lo hace casi sin darse cuenta, con el índice y el pulgar de la otra mano. Lo repite una y otra vez, olvidada de su entorno, entregada a otro mundo, entre el polvo de estrellas de sus pensamientos.
   Sobre el escritorio que se encuentra en el extremo del cuarto hay una lámpara encendida. Un pequeño cono de esplendor desciende sobre los papeles desordenados en el rincón íntimo. Hace unos minutos ella dejó de escribir. El verso de la poesía quedó inconcluso y la idea ya se ha disipado.
   En el resto de la habitación, a través de la pantalla opaca del candelero, la luz convierte el aire en una bruma mortecina que pinta de amarillo pálido a todos los objetos, eliminando los ínfimos detalles, suavizando todo.
   La figura de Elena está tenuemente iluminada por detrás, y su contorno se recorta dentro del marco, por el cual entra el perfume nocturno de los jazmines. 
   El cuarto se encuentra en la planta alta de la casa. Este es su mirador privilegiado. Afuera y debajo está el jardín, y en él, las luciérnagas merodeando entre los rosales. Un poco más retiradas medran las sombras entre los fresnos y las mimbreras. Detrás de ellos se desliza el espejo apacible del arroyo Las Totoras, cerca del recodo, antes de la boca que se abre al cauce furioso del Paraná de las Palmas. A la salida de las islas, reposa el río, el ancho Río de la Plata, donde ahora se baña la luna. 
   Elena regresa desde sus pensamientos dispersos a la noche silenciosa de los arroyos del Delta. Deja la ventana, gira y avanza con cierto impulso, hacia adentro, pero en el movimiento brusco, sus dedos distraídos sueltan la alianza. El anillo rebota y rueda sobre el piso de pinotea, da tres giros sobre sí mismo y queda quieto al pie de la cama. Ella lo recoge, se lo coloca nuevamente, y se tira de espaldas sobre el edredón mirando el techo.
   ¿En qué piensa?
   Extraña a su marido. 
   Helmuth Ritter es capitán de los cargueros que suben y bajan por la cuenca caudalosa llevando aceite, granos, cargas de todo tipo. En estos puertos fluviales debe adaptarse a los vaivenes del comercio, o al contrabando en fondeaderos clandestinos, si es necesario. 
   Hace dos meses que está navegando y le ha hecho llegar un mensaje a Elena: «El viernes estoy en casa, besos, Helmuth». El jueves ella fue hasta el puerto de Tigre a comprar provisiones. Trajo una botella de vino para brindar con Helmuth por su llegada.
   Hoy es domingo. 
   Está demorado. 
   Elena está acostumbrada a la incertidumbre de la vida en las islas. El clima a lo largo de la traza del Paraná es impredecible. El río es un animal traicionero, un yacaré al acecho, que cuando cierra las mandíbulas, hasta los barcos de más porte quedan atrapados entre sus fauces. 
   Los orilleros conocen raras historias de navegantes. Cuando la vanidad los seduce en la charla alrededor del fogón, la superchería ondula en el aire como un juguete peligroso hasta que el temor cede, porque saben que en una de esas lo que se está contando puede ser cierto.
   Elena abandona esos pensamientos, se incorpora, se acerca de nuevo a la ventana. Huele a tormenta. Los relámpagos desnudan el cielo con sus fogonazos. Una hilera de nubes se agrupa encima del arroyo “El durazno”. Las figuras difusas tocan con sus algodones sucios las copas de los árboles. La brisa sacude con fuerza el follaje, el viento sudeste trae malos presagios, el tiempo empeora. 
   Elena cierra los batientes, gira la manija del cerrojo y acomoda las cortinas. Luego se desviste, se mete en la cama y lee hasta que se le cierran los párpados. Aparta el libro hacia un costado y de inmediato se abandona al sueño mientras oye el aguacero que se derrama sobre las islas.


   Ha llovido toda la noche.
   Hoy el sol ha estrenado una mañana espléndida. Elena escucha el ruido de un motor que se detiene. La embarcación de las provisiones ha estacionado en la orilla, tal vez en ella venga su marido. Se apura, abre la puerta y baja al muelle.
   Mario, el patrón de la “Surubí”, se asoma por la cabina y le entrega una canasta. Ella le pide el diario y le paga. En dos maniobras, Mario, acomoda la proa enfrentando la corriente, buscando el próximo destino.
   Elena entra y apoya la canasta. Luego despliega el periódico sobre la mesa. 
   En la primera plana está la foto del carguero que encontró la Prefectura anclado en un banco de arena en Corrientes. Ella se interesa por el artículo. Lee la bajada: «El buque “fantasma” navegaba sin tripulación desde hace una semana, a la deriva, hasta que encalló». 
   La nota comienza así: «En el día de ayer se realizó una exhaustiva búsqueda para revelar las causas del suceso. En la cabina de mando se encontró una alianza en cuyo interior tiene grabadas las iniciales E. R.».
   Elena está muda por la noticia que tiene delante. Se le ha incrustado como un acertijo macabro en el pecho. Acodada en la mesa, juega con el anillo hasta que lo suelta sin querer. La sortija cae y rueda sobre el piso, da tres giros sobre sí misma y queda quieta al lado de su zapato. La mira. Le parece que la alianza está tan lejos que no podría alcanzarla.
   Se pregunta cómo deberá empezar su vida de acá en adelante, de dónde sacará el valor que necesita, a dónde irá a preguntar lo que ignora. 
   Se lleva la mano a la boca.
   Y llora sin consuelo, en forma tan abundante como el agua que se derrama aquí, sobre estas islas, cuando llueve torrencialmente. 

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jueves, 26 de abril de 2018

Feria del Libro 2018 Buenos Aires Argentina



   Hoy se ha inaugurado uno de los eventos literarios más importantes de mi país: la Feria del Libro 2018 de Buenos Aires.
   Y en esta circunstancia, nada más y nada menos, dentro de dos semanas, voy a estar firmando mi primer libro: "El sonido de la tristeza", en el stand de la "Editorial Autores de Argentina".
   Para mí, seguramente, será una experiencia inolvidable. Es por eso que quería compartir esta noticia con todos ustedes.
   Por supuesto están todos invitados y será un gusto enorme contar con la presencia de cada uno y poder compartir ese momento tan especial. 
   Los datos están en el volante. Les mando un saludo a todos.

jueves, 19 de abril de 2018

Trapos y latas


   Salí de la casa saltando el alambrado roto y desvencijado del fondo. Caminé con la cabeza baja y las manos en los bolsillos. Pateé una latita de conserva de tomates vacía y la miré cómo tropezaba con los terrones desprendidos de las huellas de los carros. Me senté bajo la sombra del algarrobo, a meditar, mirando hacia la laguna.
   Aunque no era exactamente “meditar” el término correcto, porque a la edad de entonces esa palabra no formaba parte de mi vocabulario. En realidad, en aquella circunstancia, trataba de saber cuál era el sentimiento que me atravesaba, y al ser escasa, todavía, la posibilidad intelectual con la cual contaba, mis pensamientos quedaron dando vueltas en un círculo interminable, y pasé horas con el ceño fruncido, apoyando los codos en las rodillas, observando los brotes de pasto, sin entender nada.
   Con los años supe que aquello en lo cual pensaba se llamaba vergüenza. Había llegado precedida de un agobio de melancolía y cuando esta emoción había cedido, quedé sumido en la tristeza como el condenado por un delito absurdo señalado por el destino. Y el origen de todo fueron los trapos y las latas: esos objetos cercanos que aludían a otro vocablo más crudo que siempre evitaba pronunciar.
   Recordé una vez más el episodio, aunque no lo deseaba. La conciencia de mi universo infantil quería abandonar en el olvido al objeto de mi pesadumbre. Nunca lo había podido compartir con nadie, excepto con el silencio, sentado y apoyando la espalda contra el tronco del algarrobo. Me refiero a lo que sentí aquella noche que llegué tarde a mi casa. 
   Estaba a oscuras. Ya habían apagado las velas. 
   Me había demorado charlando con los chicos en el baldío de la esquina. Entré apurado y me fui a acostar. Mi padre, mi madre, yo, y mi hermano mayor, así en ese orden, dormíamos apretados, en un único colchón sobre dos camas. Me quité la ropa y tratando de no molestar, busqué mi espacio debajo de las sábanas.
   Tenía seis años recién cumplidos y había estado jugando a la pelota en el baldío de la otra cuadra. El cansancio me hizo dormir enseguida. 
   Muy pronto empecé a soñar con Mariana, la vecina de enfrente. Sus cabellos me acariciaban el cuello cuando aparecieron aquellos pájaros enormes con alas de metal. Tenían picos largos y aleteaban en las copas altas de los árboles, peleando por un lugar entre las ramas. Eran muchos. Quería espantarlos, pero mis manos no me obedecían. La voz de seda de Mariana se desvanecía hasta agotarse por completo. Supe entonces que el sueño se había disipado.
   Me había despertado la voz ronca de mi viejo y yo me resistía a abrir los ojos. Apretaba con fuerza los párpados, pero no podía dejar de escuchar los susurros entrecortados de mi madre que perforaban el silencio en la oscuridad de la habitación. Después escuché los jadeos de ambos que rasgaban el sigilo de la penumbra. Ellos estaban haciendo eso que me había dicho mi hermano, y que yo siempre había pensado que era una pelea. 
   Me había desvelado. Un vacío enorme me expandía el pecho, una soledad infinita me envolvía. Mi padre se detuvo y yo percibí que se había dado cuenta de que yo escuchaba todo. Me sentí un espía descubierto en las sombras. La vergüenza me recorrió la espalda. Luego él continuó. Entendí que saciaban sus deseos como podían, a esa hora y del modo procaz que les permitía la pobreza. 
   En ese momento me ganó el desencanto. Ellos se amaban con la desesperación obscena de los cuerpos. Con el tiempo comprendí que eso también era una cualidad de la condición humana y no una humillación de la virtud, no era un estigma que portaban los más humildes solo por el hecho de serlo. Era una cualidad asociada al arraigo más primitivo del amor.
   Los sacudones del colchón, el chirrido del elástico, y los leves empujones de las caderas me habían sacado del sueño. Reconocía la urgencia de mi padre por los empujones rústicos del movimiento masculino. El cuerpo de mi madre ondulaba sus caderas en la simulación de un baile, pero de su garganta salía un gemido. Yo lo asumí como un dolor que le hacía daño, una ferocidad que la violentaba y tuve el impulso de defenderla, de separarla de él. Pero no hice nada.
   Permanecí quieto en la cama, sumergido en la penumbra. Presté atención con la angustia encerrada dentro de mis pequeños puños apretados. No sé bien qué imaginé. Tuve ganas de llorar, quise huir, taparme los oídos, o tal vez todo eso junto. Advertí la falta de aire puro. Me empezaba a invadir la tristeza, y adiviné que me iba a sentir lastimado por dentro, como el día en que me dijeron que había muerto el abuelo Manuel.
   A la mañana siguiente decidí ocultar la confusión de mis sentimientos. No le conté a mi hermano lo que había pasado. Debía pensar el suceso, que me había cortado abruptamente el sueño, como una isla de barro hundida en la profundidad de mi alma, o aplastada por la lápida muda de los secretos de mi infancia. 
   Mi memoria empezó, a partir de entonces, a asociar, equivocadamente, la melancolía con los trapos rotos, y a ocultar bajo el rostro de mi inocencia infantil la suciedad de la carencia material. Porque pensaba que todo era parte de lo mismo, y que las camas apretadas eran un rostro más de la pobreza.
   Eso me pasó cuando era chico, muy chico.
   Pero ahora se hace presente, nítido en medio de mis pensamientos, un acontecimiento posterior. Sucedió en la época en la que Mariana y yo concurríamos al colegio secundario. Recuerdo que una tarde estuvimos charlando hasta que el sol se escondió en el horizonte y la penumbra inundó el barrio. 
   Ella se fue poniendo cada vez más hermosa, con sus ojos negros y su piel oscura. Nos acercamos a la orilla de la laguna y nos tiramos en el pasto a mirar las estrellas. Yo quería saber algo que no le podía preguntar a los pibes de la barra, porque no eran cuestiones de varones, sino cosas de mujeres. 
   Me animé. 
   Le pregunté si los besos le dolían.
   —No sé, probemos —me dijo con una sonrisa.
   Pensé que la respuesta era una broma. Me quedé callado y debo haber puesto cara de asombro. Ella aprovechó el instante de duda y me dio el más dulce de los besos que recuerde.
   Y no me dio tiempo a seguir preguntándole más cosas.
   En silencio comenzó con las caricias y después con exigencias más urgentes. Y me encontré repitiendo el mismo ritual que mi viejo, el que me había despertado en aquella noche triste. Me entregué, entonces, a la sabiduría de Mariana, recostado sobre el césped, alumbrado por la luz tenue de la bóveda celeste, mientras murmuraba entre los pastizales de los baldíos, el eco lejano del croar de las ranas a la luna.
   Y comprendí, por lo tanto, que los gemidos de dolor de la mujer, eran parte de la comunión extraña de los géneros, y me prometí no indagar más acerca de las emociones que Mariana guardaba detrás de su mirada, ni preguntarle qué sentía en ese momento de abandono, cuando nos acercábamos más al esplendor del éxtasis, con el lucero mirándonos desde el fondo del cielo.
   Ella después me dijo que “amor” era el nombre de lo que habíamos hecho y a mí me pareció más intenso que la pobreza. 
   Mariana me abrió las puertas de un espacio desconocido y con ella descubrí que la vida del barrio, con los trapos y las latas, tenía algo superador, una ternura que valía la pena ser vivida, un perfume, un olor femenino que no olvidaría nunca.
   Los tiempos difíciles que viví en la casa de mis padres habían quedado atrás, pero dejaron rastros indelebles, porque en mi memoria se acumularon las palabras filosas con las cuales discutían por aquellos días. El dinero era esquivo como un diablo verde, el hambre castigaba los platos de comida, y el frío era un ácido que en los inviernos mordía las rodillas. 
   Pero los días de la infancia también me regalaron tesoros, porque conocí la pasión en el borde de una pollera, fue lindo mirar el brillo de la luna en los tejados. Y, además, disfruté de la delicia de contemplar el verano en los almácigos, porque el sol hacía brotar las plantas de lechuga, pintaba de rojo los tomates y les sacaba brillo cuando se acercaba la llegada de las mariposas.
   Los recuerdos se pueden contar de diversos modos. 
   El óxido aflojaba los clavos, abría brechas en las chapas y las ratas corrían entre los tirantes podridos que se acumulaban al borde de las zanjas. Es verdad.
   Pero también la alegría recorría mis arterias, al escuchar el susurro de los flecos de los barriletes, que salpicaban con colores el movimiento de las primaveras ventosas. Y transpiraba corriendo tras la pelota, la bendita pelota, ese frenesí indescriptible, con el cual me gané las fiebres de las insolaciones y se oscureció más aún mi piel. Parecía malicia tanta adicción irrefrenable, porque interrumpía las siestas sagradas y quebraba los tallos de los rosales. 
   A veces el estómago me hacía ruido y yo tensaba los músculos del cuello sin mencionarlo, para no enfurecer a mi viejo, a quién aquejaba la carga de la culpa, cuando advertía que los platos quedaban grandes.
   Pero también recuerdo algunas noches que tuvieron una magia superior a la de los libros de cuentos. Con los pibes de la barra inventábamos historias alucinantes de terror mirando la casa abandonada. Imaginábamos que estaba tomada por las brujas. Creíamos ver a esas criaturas asomadas a la ventana desvencijada, o bailando danzas horrendas en el patio, bajo la luz mortecina de la luna. Y después reíamos disimulando el miedo. 
   Y en ocasiones nos sentábamos a soñar. Hacíamos una pequeña fogata, pensábamos que el futuro era algo tan lejano como los astros celestes que se elevaban mucho más allá de la laguna. Y en esas cosas seguíamos pensando antes de dormirnos.
   Cuando llovía me asaltaba nuevamente la humillación de la miseria. En el dormitorio perseguíamos a las goteras verticales con los tachos en la mano, como buscando cucarachas, escuchando el martilleo del agua sobre los techos de cinc.
   Pero luego salía el sol y me olvidaba de todo eso.  En Año nuevo la gente bailaba en la calle. Y en algún momento, en algún rincón, en el rectángulo oscuro de la sombra de alguna vivienda alejada del ruido, coincidíamos con Mariana. Nos desatábamos los botones y el pecado era un edén irresistible poblado de roces, nos apoderábamos de las zonas húmedas de nuestros cuerpos elaborando la danza nocturna más hermosa del baile. 
   Estos recuerdos maravillosos son los que echaron claridad sobre las tribulaciones oscuras de los primeros años de mi infancia, rescatando la dignidad de mi origen humilde, entre los trapos y las latas, en medio de las viviendas desparramadas entre los pastizales y las zanjas, más allá del agua de la charca quieta y de los ojos de las ranas asomando entre los juncos.
   Y qué otra cosa, sino eso, era mi barrio. 
   Era el sitio donde vivíamos los pobres, esa palabra que nos dolía y nos marcaba como la lepra. Ahora me acuerdo con cariño de aquellos desvelos nocturnos, cuando mis padres buscaban saciar el deseo en la oscuridad, agitados, manoteando un pedacito de cielo. Hoy sé que el gemido de mi madre no era dolor, era placer de mujer, el mismo que me regaló Mariana la primera vez. 
   En este suburbio aprendí que lo único que vale la pena en la vida es seguir buscando el perfume del primer amor. Y que para alcanzarlo solo hace falta una ilusión y aceptar que lo pueden asir los livianos dedos del alma.
   Ya no turban mis sueños aquellos magníficos pájaros de lata, en este arrabal donde he nacido, el sitio que será, sin duda y para siempre, mi lugar en el mundo.

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miércoles, 11 de abril de 2018

Gloria



I

   Hace más de treinta años que el Tano, Arturo Sanguinetti, tiene el puesto de diarios de la esquina de Humboldt y Paraguay. Es un mueble metálico con las patas traseras vencidas por la intemperie. El tronco firme de la acacia le sirve de apoyo a la estructura para no derrumbarse. Las hojas abundantes de algunas ramas del árbol rebosan los bordes de la cubierta de manera que ocultan el aspecto deslucido del mueble. Las manchas de óxido forman figuras irregulares en las chapas laterales. Los parantes descascarados descubren las sucesivas capas de pintura verde inglés.
   El Tano se levanta todos los días a las cuatro de la mañana y recibe, al pie del puesto, el paquete que le bajan del camión repartidor. Le gusta la compañía del silencio cuando las veredas y las aceras están calladas. Se siente amparado por la aureola lánguida de los faroles del alumbrado. A veces detiene su tarea y alza la vista hacia el cielo, a través del aire oscuro, buscando el brillo pálido de las estrellas. 
   Su imagen es una silueta en movimiento, fluctúa de aquí hacia allá en la quietud de la agonía nocturna. Cuando se desperece el amanecer y el bullicio de Buenos Aires ocupe con sus estridencias todos los rincones, el Tano tiene que tener todo dispuesto. Abre el candado y despliega las amplias puertas del quiosco. Los chirridos de las bisagras son remedos profanos del tañido de campanas, solo anuncios seculares de la aparición de un nuevo día. Acomoda, anota, controla. Es solo una figura atareada, semblante serio y actividad.  
   Soltero, cincuenta años, de existencia un tanto deslucida y rutinaria como su profesión. No entra en confidencias con los clientes, por respeto, se entiende. Pero, además, porque él tampoco le da cabida a esa posibilidad:
   —Buen día jefe.
   —Hola Tano.
   —¿Crónica?
   —Si.
   —Veinte pesos, maestro.
   —Bueno, acá te dejo la plata.
   —Gracias por el cambio, nene.
   —Chau Tano.
   —Chau pibe.
   No es un tipo huraño. Para nada. Es un poco corto de carácter, introvertido tal vez. Quizás haya un dejo de cobardía manifiesto en el manejo cuidadoso de sus sentimientos, con cierto retraimiento, con algún recelo, quizás, o alguna pantalla invisible por delante de la intimidad de sus emociones. Por eso rehúye a la temeridad de mirar a los ojos. 
   El alma humana es un manojo de recuerdos. Hay algunas personas como él, quienes ven al olvido como una posibilidad de construir murallas contra el desasosiego. Quizás haya algo en su vida que lo perturba desde hace tiempo y necesite reservarlo en su intimidad. Vaya uno a saber si es así. 
   En el barrio hay una especie de leyenda derivada de un chisme, acerca de una relación contrariada con una mujer, cuando el Tano era muy jovencito. La culminación de la relación, dicen, casi lo lleva al suicidio. Pero se trata de apenas una especulación de bases muy inciertas, porque la verdadera historia del Tano Sanguinetti, nadie la conoce.
   Es un buen tipo. Sonríe, sucinto, recogido, y disfruta, sin ninguna duda, cuando entrega el diario haciendo un firulete para que el cliente lo lleve doblado. Es el malabar típico de los canillitas, rápido, veloz, casi una habilidad circense, una maniobra adquirida con la destreza de los años, un pequeño alarde de belleza a fin de transformar la superficie plana del periódico en un cilindro fácil de asir. Porque Arturo comprende la importancia de la velocidad de ese procedimiento necesario para disminuir la espera en las horas pico. Porque todos están apurados, pasan como el viento, casi no reconocen al quiosquero en la prisa, apenas reparan en él. 
   Después, más avanzada la mañana, todo el ajetreo amaina un poco, Arturo se afloja, acomoda alguna revista, mira pasar a la gente y escucha algunos nocturnos de Chopin. El repiqueteo de las teclas del piano lejos de entristecer su ánimo, lo alegra, como si el puesto estuviera desbordado por un alboroto de calandrias. Algún que otro transeúnte se detiene y le pregunta la dirección de una calle. Esas cosas.

II

   Matías vive en el barrio, a la vuelta, en el edificio viejo de siete pisos. Baja rápido los escalones de la entrada, sale caminando a Paraguay y dobla en Humboldt, donde está el quiosco. Y aunque va apurado porque va a llegar tarde a la clase de la Universidad donde estudia Filosofía, se detiene frente al escaparate porque le llama la atención un ejemplar de color blanco, un tomo grueso con un solo nombre en la sobrecubierta, en letras grandes y negras: “Aristóteles”. El libro parece un animal absurdo en la esquina de la mesa larga y angosta donde Arturo apoya los periódicos, con una piedra encima, para frenar el aleteo de las páginas con la brisa. Matías compra el libro, paga y se va. El Tano se mete adentro y se queda observando detrás de la ventanilla del escaparate cómo discurre la vida de las personas, contempla su paso por la vereda sin que reparen en él.
   No pasan más de diez minutos y advierte la presencia cercana de una cliente: La Loli. Tiene treinta años a lo sumo, es nueva en el barrio, y vive en un departamento amplio en un edificio de primera categoría.  Algunos días de verano, como hoy, a mitad de mañana, baja en jeans y remera ajustada a comprar el semanario de modas. 
   La semana pasada se inclinó hacia adelante y tomó una revista del estante inferior. Sanguinetti vio la media luna del escote a punto de desbordar. Él estaba detrás del mostrador, frente a ella, y no pudo disimular la turbación, porque miró, justamente, lo que ella le mostró y él no debía mirar. La Loli se dio cuenta y quiso componer la situación, se levantó en seguida y se acomodó el cabello hacia atrás. Ojeó la revista, la dobló en dos, y después le clavó los ojos celestes en la frente.
   —Arturito…anotámela… mañana cuando paso, te la pago —le dijo girando la cabeza. Y se fue apurada.
   Se lo dijo con una sonrisa tan seductora, que, cabe la posibilidad, él la haya interpretado demasiado sugerente. Eso dio la impresión, aunque con él nunca se sabe. Tomó el lápiz y anotó en la libreta negra en la cual asentaba las deudas de los clientes. Cualquiera hubiera podido percibir el leve temblor de su mano al escribir, a pesar de haberse aquietado ya el aire perturbado por el paso impetuoso de la Loli. 
   Sanguinetti le extendió el vuelto a una mujer mayor. Se había recompuesto del incidente, pero le había cambiado la cara. Vaya a saber por qué le brillaban las pupilas. Se le había disipado su semblante anodino, y debajo de la gorra con visera mostraba un rostro más joven. O al menos eso es lo que parecía.

III

   El Tano tiene la piel tibia, delicada y del color de la leche, por eso se le ven clarito las venas celestes, como si fuese la superficie de un mapa hidrográfico. Y tiene la delgadez de los huesos livianos de las aves. Se pone colorado cuando debe atender a la Loli, como si le tuviera temor, y eso a ella la fastidia. Ella preferiría que tuviese voz de barítono y modos recios, masculinos, pero él es así, tiene esa forma suavecita de hablar, tímido, por eso trata de evitar a las mujeres turbulentas como ella, pero es una clienta y la debe atender.
   En cambio, cuando llega al puesto la etérea figura de Gloria, la maestra de música del barrio, se siente diferente, la emoción le da prestancia. Ella le pregunta si ya salió el nuevo ejemplar de la colección “Los mejores compositores clásicos de todos los tiempos”. Él lo busca y se lo alcanza con seguridad, sin que se le note el más mínimo temblor en el gesto, la firmeza se le pone de manifiesto desde el hombro hasta las yemas de los dedos. La publicación sale los martes y ella viene puntual, cerca del mediodía, cuando ya no viene gente al quiosco. 
   Gloria Fuentes es delgada, habla casi en voz baja. No es estruendosa como la Loli. Todo lo contrario. Cuando comenzó a comprar la colección hubo un cambio en su aspecto, cada vez llega más arregladita. Arturo, también está cambiado, viene mejor vestido los martes, a diferencia del resto de la semana. Hablan dos palabras, pero son suficientes, a él le cambia el ánimo.
   Un día, al Tano se le cayó la revista justo cuando se la estaba entregando a Gloria.  A partir de ahí el destino cambió las cosas. 
   Arturo extendió el brazo y abrió la mano soltando la revista antes de tiempo porque se demoró, mirando demasiado absorto, en la profundidad de los ojos grises, como si estuviese escrutando la mirada de una diosa griega. Ella no llegó a asir lo que debía, tal vez por mirar a quién la miraba. Entonces, se agacharon juntos a levantarla. Y algo pasó. Él sintió el calor de la mano femenina de Gloria y la amplia sonrisa de ella le dio la mejor respuesta a la pregunta que nunca se habría animado a hacerle. El Tano sintió la necesidad de hablar y ella de que le hablara. Así empezó el diálogo. Se fue alargando sin apuro, así nacieron las frases espontáneas, se engarzaron las coincidencias como un mecanismo de relojería. Fue la primera conversación dilatada. Un vecino la interrumpió con una consulta fugaz, y ambos accedieron, para entregarse luego con entusiasmo al interminable diálogo recién iniciado. 
   Sanguinetti no se olvidaría nunca de ese aroma, y de ahí en más, pudo reconocer en el acto ese perfume, porque anticipaba la llegada de Gloria, porque agitaba el aire con la misma intensidad con que las bandadas de gorriones trepaban a la acacia por detrás del quiosco. Esa fue desde entonces la señal inconfundible, el disparador de una especie de ansiedad turbadora en el pecho que ya creía inevitablemente dormida.

IV

   Arturo vive solo, en la casita que está en Paraguay al fondo, pegada a la vía muerta del ferrocarril, ramal Mitre. Cuando se hace presente el crepúsculo, la tarde y el silencio descienden sobre las baldosas calcáreas del patio, y la melancolía se filtra por debajo de la puerta de su pieza a suspender el tiempo de su existencia. 
   No tiene mascotas. No le gustan. Su tesoro es el inmenso jaulón de los canarios, erguido como un monumento vertical sobre uno de los muros perimetrales de su jardín. Ocupa casi todo el lateral, alto como la tapia, hecho con palos de caña y forrado con malla de alambre galvanizado de trama octogonal. Hasta tiene un arbusto adentro para que los canarios hagan nidos. La parte superior está rematada con un techo de chapa de fibrocemento de onda grande pintada de rojo carmín. 
   Los pájaros son su pasión. Sabe mucho del tema, los cría con mucho cuidado y luego los vende, incluso ha ganado premios con ellos. Se pasa las horas cuidando, aseando y distribuyendo el alimento. Cuando el tiempo está cálido abre las ventanas del dormitorio de par en par y se tira en la cama. De este modo escucha el canto alegre y ensordecedor de los pajaritos. Tiene canarios de los plumajes más variados: amarillos, blancos, rojos y moteados. 
   Los cantos se entrelazan en la sinfonía como los instrumentos de cuerda de una orquesta. Se deja llevar por los trinos y se pierde en sus pensamientos. Sueña, se puede decir, mientras escucha la melodía del inconfundible concierto de los cantos de los pájaros. Se extravía en los gorjeos, piensa en las pequeñas gargantas hinchadas, en la aguda vibración del aire circulando apurado entre las plantas y alrededor del limonero. 
   Y se enciende su alegría inevitable en esos instantes de serenos desvaríos, sus pensamientos lo llevan a los recuerdos de Gloria y se disuelven en el aire, en las ondas armónicas que rebotan en las paredes y terminan danzando entre las cortinas ondeadas por la brisa. Su cuerpo se eleva suave y lento como una cortina de humo. La fuerza de gravedad ha desaparecido, se han quebrado las leyes de la Naturaleza en este instante sublime, y le parece percibir que se encuentra horizontal, rígido y levitando, separado a veinte centímetros por arriba del cubrecama morado, suspendido en el aire por un sostén inexplicable. 
   Y cuando pasa ese momento, le quedan dudas acerca de la certeza del fenómeno y se queda sin saber cuánto tiempo pudo haber estado así. Y del mismo modo no puede alcanzar a saber cuán lejos se ha distanciado de las paredes de su cuarto, ni cuán cerca ha estado de la clara percepción del rostro de los ojos grises. Esto último es el lamento mayor, la resistencia más grande de su ignorancia, la añoranza suprema de la ensoñación, el recuerdo más valioso prometido a su memoria. 
   Y después, cuando cae el sol, los cantos del jaulón se atenúan. Comienzan a bailotear en el jardín las sombras de la agonía de la tarde y la danza oscura se va adueñando y esconde los colores de los malvones. Se apagan los fulgores, se entristecen los rosales, agonizan los resplandores escarlatas como llamas de fuego a punto de apagarse. Ascienden y se pierden más arriba del muro. 
   El Tano advierte que hoy es lunes. Entonces, antes de desvanecerse en la pesadez onírica, pone música, añorando la llegada del otro día, porque es martes, el más importante de la semana. Apoya la cabeza sobre la almohada y un somnífero suave, agradable, lo traslada a otro mundo calmando algún resto de ansiedad agazapada, tal vez, porque mañana la verá a Gloria. 
   Solo al pensar en sus ojos grises se le dibuja una sonrisa en los labios. Y vaya a saber cuántas cosas se encierran en ese sueño mortecino, arrullado por las serenatas nocturnas de Boccherini, desplegadas en su mesa de noche y saliendo por la ventana abierta del dormitorio, a inundar los canteros del fondo, cuando el crepúsculo declina y se convierte en un lamento taciturno. Quién podría saber lo que pasa en estos momentos por la cabeza del Tano.

V

   Matías baja del edificio y al llegar al palier se cruza con la portera. Hubiese querido verla acompañada, conversando con otra persona. Pero está sola y seguro que algún chisme le va a contar, lo cual lo va a demorar más y va a llegar más tarde a la Facultad.
   Ni bien lo ve, se levanta de la silla, lo saluda y enseguida pone cara de querer conversar. Se lleva el índice de la mano a la mejilla y en voz baja le pregunta si se enteró de lo de la señorita Gloria. El pibe la mira con algo de sorpresa y le dice que no. Entonces ella aprovecha. 
   —Arturo, el del quiosco y la maestra de música estaban muy “entusiasmados”. ¿Sabías, no es cierto?
   —No… la verdad… no me había dado cuenta.
   —Bueno, ella estaba muy cambiada, se la veía distinta, se ponía vestidos más claros y coloridos, había empezado a pintarse las uñas, cantaba cuando barría la vereda. Pero sucedió lo único que a ella no le debía pasar —y aquí hizo una breve interrupción a fin de aumentar el suspenso—. Hizo un infarto anoche y se quedó dormida para siempre. Pobrecita, no tenía familia, una tía hizo los trámites y le puso una cadena con un candado de bronce enorme a la puerta de entrada, la que tiene el cartel. Ni velorio hubo. 
   —¿Y Sanguinetti lo sabe?
   —¡Ay! Mati… ¡yo que sé!… no puedo estar en todo. Alguien ya se lo debe haber dicho… Digo… por la cara que tiene, pobre hombre.
   Claro, las porteras no pueden estar en todo. 
   Matías deja el edificio, dobla, y se detiene en el puesto de diarios. Está sobre la hora de cierre: son casi la una de la tarde. Le pregunta al Tano si salió el nuevo tomo de filosofía: el de Platón. Sanguinetti está cerrando, tiene el rostro totalmente cambiado, el cutis casi gris. Con un tono de voz más bien neutro le dice: «Recién el jueves va a salir, pibe». Parece abrumado. Matías se acaba de enterar de la noticia y no quiere hacerle ningún comentario. 
   Gloria, por supuesto, hoy no vino, y el Tano sabe por qué, pero, de todas maneras, no va a devolver a la editorial el último ejemplar de “Los mejores compositores clásicos de todos los tiempos”. La acomoda en el estante detrás de la ventanilla, con blíster y todo. Antes de cerrar le pone un cartelito que dice “reservada”. El Tano es así.
   Y se va para su casa.

VI

   A primera hora de la mañana, antes de abrir, el Tano hizo algo raro: se había llevado una herramienta del galponcito y desprendió el cartel de “Maestra de música” que todavía estaba en la puerta donde vivía Gloria. Primero lo escondió en la parte de adentro del quiosco, pero al poco tiempo, vaya a saber por qué, lo trajo en una caja de cartón y lo dejó en el pasillo, al lado de la puerta de la cocina. Se pasó toda una tarde retocando el fileteado de las letras y le dio una mano final de barniz. Lo fijó en la parte superior de la jaula de los canarios, bien arriba, para poder verlo desde la cama cuando tiene las ventanas abiertas. Un día de estos le va a colocar un farolito encima para iluminarlo en las noches de verano y que no quede solo en la penumbra.
   Sanguinetti nunca fue al colegio. No pudo. Pero aprendió a leer por intuición. Las lecturas más extrañas edifican su rústico saber enciclopédico. En la estrechez de su pieza consulta libros y arma su ajedrez complicado de conocimientos. 
   Nunca ha terminado de leer uno completo, últimamente dedica sus largas horas de ocio a leer algún tomo de la colección que fue acumulando con los años, de los sobrantes del paquete del camión repartidor. Seguramente su curiosidad le pide alguna respuesta. Pero vaya uno a saber. Él tiene un modo tan particular de ver el mundo. Cuando una frase le llama la atención, la subraya. A veces anota algo al margen. Siempre ha pensado que la locura existe solo la bajo la mirada del prejuicio. Con el paso de los días, luego del fallecimiento de Gloria, se fue metiendo más adentro, sus reflexiones se fueron oscureciendo. Los sueños, y únicamente ellos, le dan valor a la existencia. Desde chico arrastra el berretín de pensar así.

VII

   La señorita Fuentes, ahora tiene una presencia similar al aire, y una consistencia como el Tano la imagina en esos sueños tan valorados. Y así debe ser, porque Arturo ha comenzado a cenar todas las noches en su compañía. Aunque parezca mentira.
   La ciudad desaparece, nada existe más allá del tapial blanco cubierto en la parte inferior por el entramado verde de la madreselva. Saca la mesa al patio rodeado de macetas con flores, coloca el mantel claro, la vela, dos platos, dos copas. Descorcha una botella de vino blanco, luego se sienta, se cruza de piernas, y les pregunta a sus pupilas grises, si les gusta el nocturno de Schubert que se despliega en una melodía a través de las ventanas abiertas.
   —Sí, sí… por supuesto… el solo de piano me gusta mucho, ¿y a usted? —le pregunta, a su vez, ella, con una sonrisa pícara en los labios. 
   La que responde es la voz delicada de la dama que ocupa la otra silla en apariencia vacía. Porque, no existe duda, hay presencia allí. Hay un perfume en el aire muy intenso por encima de los brotes de los dos jazmines plantados en las esquinas más alejadas. El mismo aroma que se adelantaba a la llegada de ella, cuando iba a buscar la revista de la colección al quiosco. Exactamente el mismo. 
   El Tano asiente pensativo, arquea las cejas, y bebe el primer trago disfrutando de los acordes en secreta compañía de la dama con la que habla. 
   Pero recién hacia la media botella se produce eso inesperado, tan difícil de describir, que le da la plenitud al momento: la silueta de Gloria va ganando en detalles, colores y texturas, cobra vida y se hace más consistente aún, casi tocando la verosimilitud de lo concreto. 
   Primero, es verdad, parece una nube difusa que apenas le da contornos a la forma, pero luego el pincel mágico de la realidad del Tano termina de modelar el rostro completo, el vestido blanco, la figura delgada. 
   Y entonces, le charla como en el puesto de diarios, mientras la armonía de fondo sigue envolviendo la ilusión que se genera en el patio silencioso, en la casa recostada contra el terraplén, en la calle Paraguay, al fondo.
   O, simplemente, en la cabeza de Arturo Sanguinetti. 
   Vaya uno a saber cómo sueña el Tano, cuando sueña.

VIII

   El Tano cerró para siempre la parada de diarios luego de esa noche, o una semana después a lo sumo. El camión repartidor ya no dejó más el paquete y el mueble pintado de verde no abrió más sus puertas. Los clientes, al principio, preguntaban a los vecinos si sabían cuándo iba a abrir el quiosco. Nadie sabía nada. Con el tiempo la gente se fue dispersando, fueron comprando el diario y las revistas a los puestos más cercanos y cesaron las preguntas.
   Pasaron las noches azules de marzo y comenzaron las ráfagas levantando remolinos de hojas secas haciendo firuletes en el aire. Los fríos empezaron a cerrar las puertas y ventanas de los restaurantes, las mesas que adornaban las veredas de Humboldt volvieron a ocupar el interior de los locales. Pero también llegaron las lluvias a empapar marquesinas, a formar charcos en las veredas, a abrir paraguas sobre las cabezas de los transeúntes. 
   El moho comenzó también su trabajo sobre las chapas del mueble verde de la parada del Tano. Tuvo todo el invierno para hacer la tarea minuciosa. Lo fue carcomiendo más del lado de la esquina. El óxido debilitó el costado que da a la calle Paraguay. Y a pesar de que el tronco de la acacia todavía sostenía la espalda de la estructura, una noche se inclinó y perdió el equilibrio. Hubo un estruendo, como un estrépito fofo, pero nadie salió a la calle ni miró por la ventana.
   El mueble quedó retorcido y ocupando parte de la calzada lo cual ponía en riesgo la circulación del tránsito. A la mañana siguiente llegó el aviso al sindicato de canillitas. Recién una semana después una grúa subió el bulto deforme a un camión de la municipalidad y la circulación quedó liberada. Los primeros días se notaba que faltaba algo en la esquina, pero luego las ramas de la acacia fueron disimulando el hueco.
   Se abrió un expediente, pero luego de muchos meses después, durante el verano siguiente, cuando había pasado casi un año con el quiosco cerrado, se hicieron presentes en el domicilio del Tano un inspector de la policía y dos patrulleros. La casa estaba abandonada, los yuyos demasiado crecidos casi tapaban la puerta de entrada, la madreselva se desbordaba por encima del tapial.
   Lo primero que le llamó la atención al inspector fue el cuerpo del Tano en la cama del cuarto, o lo que quedaba de él: un montoncito de huesos de aspecto muy similar a los canarios muertos en el fondo del jaulón del patio, pero sin plumas.
   El Tano no tenía familiares por eso es que el trámite fue bastante rápido. A fojas veintiuno del expediente aparecía un detalle: sobre la mesa de noche se había encontrado un reproductor de DVD con las pilas sulfatadas y al lado un ejemplar de la colección “Los mejores compositores clásicos de todos los tiempos”, con una selección de las mejores obras del inolvidable Boccherini. 
   La resolución del juez era bastante escueta, pero mencionaba dos veces que en el lugar del hecho no se había encontrado ningún indicio de violencia. 
   Y por supuesto, es muy raro que las personas como el Tano se vean envueltas en situaciones violentas. Como dice la portera: «A ese hombre se lo llevó la tristeza».



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