lunes, 7 de agosto de 2017

Sombras

Marzo de 2006

   Los murmullos de las voces en la penumbra rojiza, la música suave, los aromas de bebidas y los perfumes femeninos, se esparcen por encima de las mesas de los salones de Trópico, todo indica que es una noche tranquila. 
   Tilo se inclina para escuchar lo que un empleado le dice algo al oído. Luego se endereza y se dirige hacia el fondo del local sin dejar de observar de reojo a su alrededor, mientras verifica que los guardias de seguridad estén atentos. Su figura alta pisa las alfombras gruesas y se pierde por el pasillo que conduce a las oficinas. Golpea con los nudillos y de inmediato entra al despacho sin preguntar. Siente el “clack” de la cerradura que se cierra detrás de él. 
   El polaco Jedrek, de traje azul, impecable, está parado en el centro de la oficina. Está solo, no lo saluda, está serio, el brillo de la ira le titila en la mirada hosca. La luz amarillenta del único foco que lo ilumina le talla la cara cuadrada, los pómulos en punta, casi filosos. Tiene la voz agria, helada como el viento de su aldea natal, cerca de los Cárpatos. Está furioso. Habla como un trueno ronco.
   —Mostrame los brazos —dice.
   El metro noventa de Tilo se pone tenso como un granadero. Siente la respiración agitada del polaco soplándole en el rostro porque se le ha acercado y están cara a cara, lo cual le tensa más los músculos. Mantiene el semblante impasible y los tendones del cuello se le endurecen como varillas de acero. Intuye de qué se trata, y entonces reacciona. Le dice que no le dé órdenes, que no se haga el misterioso y vaya al grano, que directamente le diga lo que tiene que decirle. 
   Y Jedrek continúa.
   —Necesito que lo que tenés aquí —y le apoya el dedo en la sien— esté bien frío. Y lo que está acá —y le pone el puño cerrado de nudillos gruesos sobre el pecho— esté bien calentito. ¡¿Me entendiste?!
   El polaco y Tilo lo saben. La noche y especialmente el negocio del club nocturno tienen sus peligros. Y más, todavía, porque Trópico tiene la fama de resistirse a pactar con la mafia de la trata, y de la droga. Por eso Jedrek está doblemente enojado, y no quiere ni averiguar a dónde fue a comprar el pibe su “mercadería”.
   La vida y la muerte están en juego. Separados por una delgada lámina de tiempo, el paso entre esos dos estados se define en un segundo. Hay que tener la mente fría y despejada, y tener en el corazón el impulso justo para defender la vida del otro.
   El polaco está invadido por la iracundia. Y tiene razón. Trata de calmarse un poco, se sienta en el sillón que está detrás del escritorio, busca la serenidad que ha perdido. Se recuesta y estira unos segundos los brazos extendidos hacia atrás, por encima de la cabeza, para distenderse.
   Después, se afloja, deja que las manos cuelguen libremente y los hombros bajen. Lentamente se acomoda mejor sobre el respaldo y, comienza a recordarle al muchacho porqué ha confiado en él y, cuántas veces le ha recomendado las cosas de las cuales tiene que cuidarse. Nada de droga, nada de alcohol, nada de involucrarse con las chicas que trabajan en el local. Se lo repite una vez más, porque sabe que está flaqueando y ha empezado a consumir.
   Finalmente pone las dos palmas sobre el escritorio como en ademán de levantarse, pero no se incorpora, clava los ojos en la mirada de Tilo, que todavía permanece parado frente a él. Le habla remarcando con cautela cada palabra, como sujetando con fuerza la rabia para que no se le escape. 
   —Andá a verla a Mara —le dice, casi echándolo de la oficina.

   El polaco sabe que el pibe es duro, pero reconoce que también, este negocio y la soledad de la noche en ciertos momentos se vuelven insoportables, y es cuando uno se debilita, y necesita un poco de ternura. Por eso ha pensado en esa mujer. 
   Lo tiene que ayudar para que no caiga en la adicción, sabe que está a tiempo. Lo entiende, a veces es difícil no tentarse inyectando un poco de alivio por las venas. Pero también sabe que en este negocio no se puede dejar ningún resquicio. La llama bajo la cuchara y la jeringa esperando, en suspenso, para clavarse un hilo de ácido bajo la piel, marcan el ocaso de todo. Es como meterse la punta de la 9 mm entre los dientes, con la boca abierta, sin seguro y con el cargador puesto.

   Tilo sale de la oficina dando un portazo, atraviesa el salón como si no hubiera pasado nada y sale a la calle. Tiene la rabia trabada detrás de la mandíbula, pero el carácter flemático que hereda le moviliza el razonamiento. Comprende que ha caído en una debilidad que no se permite a sí mismo. 
   El polaco conoce la historia que ha tenido con Mara, y este nombre, ahora, aparece como un fulgor en la retina que le ilumina el cerebro, le aviva un recuerdo que no quiere empañar, una huella de amor, una joya entre la basura nauseabunda de las madrugadas de la ciudad. Fue la primera mujer que le develó la clave para encontrar el atajo hacia el corazón femenino, la que le mostró cuán imprecisa es la posibilidad de alcanzar ese universo tan ambiguo para el entendimiento de los varones, fue quién, en definitiva, le enseñó el modo de leer con delicadeza las emociones, y ahuyentar los titubeos a fin de conseguir la suavidad de una caricia sincera.
   Tilo camina en la oscuridad de la madrugada de Buenos Aires. Toma por la avenida Santa Fe bajando hacia el Bajo. Los recuerdos se le atropellan en la nuca.
   Hace unos meses, cumplidos los veintidós años y ya terminada de mudar la piel de la adolescencia, había empezado a sentir que en el club sus más íntimos sentimientos estaban a la deriva, que era un sitio alambrado que le aumentaba la desolación. Se estaba marchitando entre tanto vacío. Y llegó la ocasión en que hizo un alto en su trabajo y salió del local, buscando esa mirada que le estaba faltando. Y la encontró en un bar del Bajo. Mara, habitante de otro paraíso, le supo susurrar la nota musical adecuada, porque hablaban el mismo idioma de las sombras calladas, que se esconden entre las latas y los escombros del suburbio. 
   Pasó dos días con ella y fue el lapso suficiente para que le dejara la marca indeleble que había buscado en una mujer, y la quiso conservar envuelta en la bolsa del egoísmo, dónde colocaba lo más valioso, y cosió luego la abertura con el hilo más duro, preservando dentro de sí mismo el tiempo de sosiego que ella le había regalado, y los exquisitos silencios de los gestos. Mara le mostró la escalera al cielo y luego se esfumó de su vida dejándole los huesos a la intemperie. En ese momento pensó que sería fácil olvidar a esa chica. Pero no, se equivocaba. 
   La discusión con Jedrek le despertó el nombre que él tenía guardado bajo siete llaves, como una estampita doblada en dos. Ahora advierte una picazón en el alma. Una centella se le metió en el pecho. La fuerza de gravedad del dulce recuerdo lo empuja.
   Pero ahora Tilo está un poco perdido, esta noche exageró con una dosis fuerte, y siente que le está comiendo el cerebro. Piensa que Mara tiene que estar en algún rincón de Buenos Aires, el polaco no habla por hablar, debe saber dónde está, pero no se lo dijo, lo hizo a propósito, para no hacérsela fácil, y él tampoco preguntó, por orgullo. 
   Va a empezar a buscar por el Bajo, hasta llegar al sitio justo. La recuerda en un momento vago, impreciso. Estaban en una cama sucia de sábanas viejas, ella fumaba sentada, con la mirada perdida, acunada por la música suave de un blues, o tal vez era un solo de saxo extendido hasta el infinito, sola, metida dentro de sí misma, pero sabiendo que él la miraba a través de las últimas volutas de humo, deleitado en las agradables imágenes de esos instantes inmortales. 
   La ansiedad lo empuja. La ola de energía de la droga todavía le agita la cabeza, le recorre el cuerpo, pero también siente una particular incertidumbre. Sus pasos quieren orientarse, busca el rastro, pasos perdidos, indicios en las cornisas, intenta descubrir señales que lo guíen. Un monólogo interior comienza a envolverlo y sus pensamientos giran en espirales yendo de la locura a la sensatez.

   Mara. ¿Sabés qué son las sombras? Se instalan, junto con la soledad y la tristeza, agazapadas en la bruma de mis sentimientos, como nubes que me bailan en la cabeza con formas de demonios que no se dejan dominar. Aparecen enredados en la madeja de los peores recuerdos, me gritan culpas que no tengo, o quizás sí, es imposible la certeza cuando estoy ebrio de compasión, tan falto de un sol tibio como ahora. La única tregua es pedirte un mendrugo, un pequeño guijarro de amor.
   ¿Dónde estás Mara, que no te veo, entre tanta oscuridad? Es preciso que te encuentre, quiero aliviar este dolor, y cuando esté con vos, buscar en tus ojos la mirada profunda que me analice por dentro, que desmonte la angustia salvaje que me tortura. No quiero recurrir de nuevo a inyectarme la cuota de paciencia para abandonarme en sueños deslumbrantes, duro como una momia, brillante como un sol de cromo que baila con los focos de la calle.
   Si tuviera la ayuda de tus labios, tu presencia sería suficiente, podría espantar el humo negro, y calmar el hambre del pájaro hambriento que me muerde la espalda. Podrías mitigar el frío que me congela los pies cuando estoy dormido en la penumbra de mi cuarto.
   No sé cómo escapar de este infierno que me tabica el cerebro y lo infla como un globo, lo expande y me provoca este terrible dolor de cabeza. Esta locura que me muestra muñecos que se trepan por las paredes como gusanos, como babosas alineadas que surcan todas las paredes en diagonales que no se cruzan. 
   Comienzo a alucinar un poco, aunque no pierdo la cordura. Sigo caminando por las calles estrechas. Todavía no te encuentro. Siento que la tierra se inclina, que el mundo tiende a volcarse. Y tu cintura, y las curvas de tu pecho están lejos, no están a mi alcance, cerca, ni por aquí ni por allá. Estoy convencido que es inútil que siga buscando las caricias en todas las mujeres del mundo, ninguna será como la tuya, tan maternal como la que yo necesito. Los minutos que pasamos juntos fueron un puñado de gorriones en la hierba. No me olvido.
   En cada célula del cuerpo me dejaste pintado un tatuaje de sosiego, y en la voluntad me dejaste colgado un talismán que me debería guiar a tu encuentro. Pero las sombras me abruman, Mara, y le quitan poder al amuleto. Soy un vestigio que mira perplejo su propio derrumbe con la mueca del cansancio. La soledad en que me veo desde que nos despedimos, me llevó al hostil desamparo. Esta indigencia me inquieta y destila un jugo de dolor ácido todo el tiempo. 
   Indago en el sonido de cada taconeo, giro la cabeza para mirar las caderas que pasan a mi lado. La magia de perfumes no logra despejar la opacidad umbría, yo busco otro licor, otra dulzura. Ha habido tantas mejillas suaves que me han dado el regalo de la seda, pero ninguna, Mara, me ha podido quitar esta costra de hielo eterno que me cubre como lo hiciste vos. 
   Ninguna me ha tocado en el lugar que más me duele. El fondo de mi interior está despojado, es un páramo pelado por la nieve en dónde hay una tumba enorme, ¿la recordás?, inmensa, con una laguna de mercurio clara que llega hasta el infinito cuando la alumbran los rayos de la luna. Tus dedos delgados, y tus uñas largas pintadas con esmalte, tocaron la superficie fría de que te hablo, formaron una hilera de puntos que me estremecieron el alma. Fue cuando tuve que desnudar mi orfandad delante de tus pupilas. Y te conté todo, te relaté mi infancia triste y te hablé, además, de la ausencia que ella me decretó.
   Nadie ha llegado ahí, hasta ese lugar en que está el núcleo de los dolores, el principio del duelo que no quiero comenzar, que siempre evité revelar, que siempre traté de esconder. Preferí cavar con furia hasta rasgarme la carne, cuando fue necesario, hasta llegar a las arterias más gruesas, clavando agujas en mis rodillas, con tal de mantener mudo el secreto. 
   Pero a vos te lo confesé todo en aquel momento de flaqueza, casi de rodillas, como si fueras una diosa en su púlpito, apoyando el rostro entre tus muslos. Vos sabés que esa carencia irremplazable la quise compensar, o mejor, la quise exterminar, saciando mi deseo en tantos vientres, en lechos revueltos, abandonados después de la niebla del alcohol, engañado con caricias falsas, recostado en pechos blandos, enormes y pequeños, lanzando gemidos a la luna, sin llanto, embelesado por los perfumes. 
   Sos vos, Mara, la que me ayuda desde entonces a soportar las pesadillas. Te aparecés de repente, a quitar la eterna recurrencia de mi pueril abandono, a salvarme de la soledad, a quitarme el estigma del desamparo de la ternura, a aliviar el espanto de los despertares.
   ¿Sabés que me parece verte, solitaria, en cada uno de los umbrales de los prostíbulos? con tu vestido bermellón sobre tu piel que nunca transpira. ¿De dónde saqué esa imagen mentirosa? Te imagino como un mimbre esbelto tallado en caoba de color tabaco, con los círculos oscuros del iris de tu mirada un poco perversa, con tu apariencia serena, sin sonrisas, apenas un hoyuelo pequeño en la mejilla. Y te sospecho, en cada sitio que te veo, vestida con la sensibilidad desbordante de ilusiones, pero huidiza, y una voz que siempre me llama, y me pide que me acerque. Así, de ese modo, tu figura se enciende y se eleva inmaculada, bajo las marquesinas, inmorales, descuidadas, hediondas de orines.
   Deambulo, me siento un poco tonto buscándote por todos los bares del centro. Abro las puertas de cada uno de esos infiernos, me asomo embobado, espanto la nube roja, turbia, negra a veces, tratando de descubrir tu semblante que ahora, no sé porqué se me antoja mortecino, endiablado. Busco como un hambriento la silueta de tu figura, el fantasma que me pueda regalar el descanso.
   Esta noche estoy sombrío por todos lados, por dentro y por fuera. Desesperado como un loco con la consciencia desbocada, un balde de estiércol que se cae al fondo, un miserable andrajoso, un mendigo de cariño que se cuelga de las ramas bajas de las acacias de la vereda, un cauce agrietado donde hace milenios que no corre una gota de agua, seco, que necesita una ternura de tamaño imposible.
   He andado mucho Mara. No sé cómo he llegado a la rambla de la Costanera. Me detengo, miro hacia el lado derecho, me parece que sos vos la que está desnuda de cuerpo entero, impasible, mirándome de costado y con un cigarrillo en la boca. 
   ¿Me creés si te digo que me he agitado? Me falta el aire, he bajado apurado la barranca. Ahora busco el rumor del agua del río, no reparo en los detalles, porque por fin te encontré. Por ejemplo, no me fijo en cómo te llevás la mano al muslo para que no se te vuele la falda con la brisa, y tampoco advierto que tenés puesto un vestido largo de tela liviana, justamente, del color que tiene tu piel en la penumbra del amanecer. Miro la bruma gris cargada de lluvia sobre la superficie escamada de la corriente. Me pregunto si no es demasiado peso para ella, como si fuese un amante enorme que llega al horizonte.
   Es lógico que me confunda, que me parezca que estás desnuda y expuesta, porque estoy bajando poco a poco. Esto es lo primero que pienso. Le presto más atención al toque de desidia que me mostrás en los labios carnosos. Tu aspecto impecable, como la estatua de una ninfa de mármol, se ilumina cuando aspirás avivando la brasa de tu cigarrillo, que, enmarcado en tu amplia cabellera, con el dibujo de la boca pintado apenas de color rosa, se enciende, también, más o menos de acuerdo a los caprichos de la brisa. Parecés, te juro, un ángel del infierno que ha llegado para apiadarse de mí.
   El gesto de desinterés, la actitud parecida al descuido, se nota cuando tomás el cigarrillo encendido entre el pulgar y el índice. Lo acercás de costado y aspirás cerrando los párpados como si estuvieras soñando. Cuando expulsás el humo hacia arriba se te ilumina todo el rostro bajo la luz cenicienta de la luna, tenés la piel impecable, las cejas delgadas son dos huellas suaves en el desierto de la frente lisa. Sabés que te estoy mirando. En un ademán pausado y elegante tocás el aro de la copa de vino blanco y frío que está al lado tuyo. Parecés una amazona salvaje con el cuchillo filoso escondido, oculto, en la parte de atrás del cinturón.
   Cuando llegué, estoy seguro, yo vi la osamenta de una vaca en la playa escasa, porque el río había bajado. Está, permanece aún, semienterrada de costado. Me impresiona la curva del cuerno que apunta hacia arriba, los huesos tan blancos del costillar semejan los restos de un monstruo antediluviano, que se quedó sin cementerio. Es raro. La dosis que me inyecté me puso muy arriba porque lo que estoy viendo es una verdad que no puedo desmentir. Alucino, seguramente. Ahora tengo la primera sospecha.
   Con un leve movimiento, te acomodás sentada en el escalón de cemento. La pollera te desnuda las piernas, ponés los codos sobre las rodillas y los pulgares hacia arriba tocándote apenas el mentón. Unos momentos más tarde aplastás la colilla, como si fuese un insecto infectado, apretándola varias veces contra la baranda de hierro. Luego tomás el último sorbo de vino blanco y dejás la copa en el escalón. Desde mi posición tengo la sensación de que me mirás nuevamente, aunque no podría asegurarlo, con la boca semiabierta, sin sonreír, de costado. Mara, te estoy mirando, quisiera que me tuvieses compasión. Quiero oler detrás de tu cuello. Quiero abrazarte.
   Sin moverte de la escalera que baja a la playa mudás la atención a un punto indefinido de la faja estrecha de arena sucia, que se prolonga, siguiendo la curva de la rambla, hasta el muelle. Seguís en esa posición, desafiante. Tenés un talón apoyado en el filo lateral de la escalinata, el brazo derecho colgando de la baranda incompleta. 
   Y al otro lo sostenés en posición vertical, y con el puño cerrado. Aunque estás en la penumbra te veo seductora, cruel quizás, retaceando la posibilidad de una caricia. Te lo pido, Mara, no hagas eso conmigo, te ruego que no juegues con la desolación que me trajo hasta aquí. Los botones superiores de la blusa arremangada se te desprendieron. O fue a propósito. Porque, sin duda, sabés que te voy a mirar las dos parábolas blancas de los pechos que quieren escapar por el borde de la tela. Y sabés que yo, ahora, voy, inevitablemente, a clavar la mirada, precisamente ahí, en el medio de esas lunas cenicientas.
   Me mirás con los labios apenas abiertos, los párpados caídos, la cabellera revuelta y el sombrero negro puesto. Con descaro.
   Entonces tengo la segunda sospecha del estado en que me encuentro, porque veo el cuerpo muerto de una gaviota en la orilla, la inevitable muestra de un mal presagio. El agua zarandea el bulto llevándolo más lejos, sobre la arena más seca, como queriendo expulsarlo, como exponiéndolo más, evitando tragarlo y llevarlo al fondo, hacia adentro. Es el espíritu de las aguas que no quiere regurgitar el diminuto Leviatán.
   El ácido que me recorre la sangre se está consumiendo, estoy un poco mareado, tengo menos fuerzas para caminar, mis pies se hunden en el barro, son dos estacas que me convierten en un espantapájaros ridículo. Me cuesta avanzar, cada paso me duele, la sangre fluye demasiado lánguida, perezosa, por mis venas. La barcaza en que he viajado está deteniendo su marcha, todo se balancea, el mar me acuna. 
   Estoy detenido, me quedo atascado en el lodo sin poder alcanzarte, porque esta playa no tiene las arenas blancas como las del Caribe, es marrón, casi negra, con lodo que trae el agua que baja por el Paraná y forma bancos en lo profundo, tan grandes, que son capaces de hacer encallar a los barcos que traen fruta o troncos desde más arriba, mucho más arriba, lejos de este puerto lleno de esqueletos metálicos. No puedo llegar, Mara, cada vez te veo más lejos. 
   El viento ulula sobre el agua deshaciendo la nieve de las crestas de las olas. El río está picado. Amanece. Tu figura aparece y desaparece. Todo vacila. Necesito el calor de tu cuerpo, necesito que me hables. La negrura sigue girando en mi cerebro. Mara, ¿sos vos?
   Entonces siento la tercera señal, ya no hay sospecha, estoy bajando, no hay duda. La sombra lo invade todo, por un momento los globos oculares giran hacia arriba y me veo las cuencas de la calavera. Y vuelven a su posición, no puedo controlar sus movimientos. Mi vista se enturbia. Mara, te estás evaporando.
   La mañana acerca sus primeros destellos. Siento que estoy lejos de todo, tiemblo de frío. Quiero derramarme en el refugio de tu regazo grabando las últimas pisadas que me separan de vos. Lo intento, pero es un esfuerzo inhumano que se me escapa. No alcanzo a tomarte de la muñeca para que me lleves a compartir tu lecho, a duras penas llegué hasta aquí, no es suficiente, la tiniebla se acumula como un fantasma delante de mi vista. Pierdo toda esperanza, seguro que el aire, por encima de mí, está más iluminado, siento el calor del sol, pero todo lo que veo son esas malditas sombras. Te lo juro.
   Quedo derrumbado al pie de la escalera, sin quererlo. Veo el río de color granate, como la sangre seca, y el cielo negro de brea, se avecina una tormenta bíblica. En mi cerebro danzan animales pequeños en medio de la oscuridad. No tengo ganas de seguir caminando. ¿Me voy a quedar quieto hasta que todo pase? Siento que he tocado el fondo sucio y empantanado de la resaca. Mis pensamientos vacilan al borde de un abismo, las tinieblas se aproximan, me acechan, se acercan cada vez más, siento que me voy a desvanecer definitivamente. No me abandones, Mara. 
   Mara…

   Tilo no recuerda nada más desde ese momento hasta ahora. Se despierta. Está acostado en una cama que no es la de él. Se encuentra en un dormitorio que no logra reconocer. La luz entra por la ventana. Se incorpora despacio y se levanta de la cama. Tiene la cabeza despejada. Mira en derredor y reconoce el dormitorio de Mara. Ha dormido demasiado. Se viste y aparece en la cocina. Ella ha preparado el mate. Está parada, recostada con la cadera contra la mesada.
   —¿Quién me trajo hasta acá? 
   —Yo.
   —¿Y cómo me encontraste?
   —Me avisó Gabriel que estabas tirado cerca de la rambla.
   El loco de la jaula es uno de los personajes que une los delgados hilos de la información de todo lo que pasa en los anocheceres de esta bendita ciudad de Buenos Aires. Gabriel es uno de los vértices del vínculo que une a esta trama invisible que nunca se deshace. En algún momento, en algún punto, siempre se encuentran. Tilo ha perdido la conciencia al pie de la escalera que baja al río y el loco lo ha encontrado.
   —¿Y cómo hiciste para traerme aquí, hasta tu departamento?
   —Hacés demasiadas preguntas.
   —Contestame.
   —Acá, en mi casa, las reglas las pongo yo.
   Mara le contesta de mal modo, no le gustan los interrogatorios. Se sienta, revuelve la bombilla y se sirve otro mate.
   —¿Querés?
Tilo, sin mostrar ninguna emoción en el rostro, le quiere devolver esa especie de desaire que lo ha descolocado. La quiere mucho a Mara, pero a él la calle le ha enseñado a soltar la lengua enseguida. La respuesta se le articula en la voz casi de inmediato. Se sienta, señala con el índice rígido y el brazo extendido hacia la pieza, y le dice sin gritar, pero con un odio que no puede retener.
   —Y ahí… en ese puto dormitorio… ¿a todos les aplicás las reglas?
   Ni bien sale de su boca la última palabra, se arrepiente, pero ya es tarde. Tiene un tono de voz grave, profundo, aparentemente sereno, habla serio y es cortante cuando quiere. La calle le ha enseñado a no ser flojo y, a veces, es demasiado hosco. Piensa que ella tiene la sensación de que él se comporta como un chico celoso, y tiene razón. Tilo ve, en esa pieza vacía, los fantasmas de los hombres que se acuestan con Mara. Y no advierte que eso es imposible, ella trabaja en los bares del Bajo y después los lleva a los hoteles alojamiento que se encuentran subiendo la barranca, sobre San Martín. Nunca los trae acá, a su casa. Se siente terriblemente culpable. Por hacer algo mira hacia el techo, se pone de pie, apoyando los pulgares en la cintura y camina dos pasos.
   Mara siente el pinchazo, soporta con estoicismo la insolencia. Lo quiere a Tilo, pero hay algunas cosas que le debe dejar en claro. Abandona el mate sobre la mesa, lo mira y le contesta con calma, pero levantando un poco el tono.
   —En ese puto dormitorio, como vos decís, anoche te di lo mejor que tengo. Algo que no le doy a cualquiera. Y en ese puto dormitorio no trabajo. Y ahí entran solo los hombres que yo elijo, pero a veces… me parece que elijo mal.
   Tilo siente el golpe de las palabras. Se levanta, se coloca la campera y por despecho tira unos billetes sobre la mesa. Mara se enfurece.
   —Levantá esos y billetes y andate.
   Ella se ha cruzado de brazos, el enojo se le nota en la expresión de la cara. Él agarra la plata, se la mete en el bolsillo, se dirige al corredor, y cuando va a salir vuelve sobre sus pasos. Se acerca despacio y le pide perdón, trata de ser tierno. Ella no dice nada, sigue en la misma posición. Entonces se da cuenta de que la ha ofendido. La ha herido en serio y ahora la tiene que escuchar.
   —Te lo voy a decir una sola vez. Hace dos días que estás acá, te fui a buscar, estabas embarrado hasta las orejas, te lavé y te planché toda la ropa, te bañé y te dejé dormir en mi cama. Yo dormí en el sillón del living. Te hice el amor porque me lo pediste y porque quise. Yo no le abro el corazón a nadie y con vos lo hice. ¿Y vos me querés pagar? Esto no tiene precio Tilo… ¿Sabés que somos nosotros? —y aquí hace una pausa, Tilo no le saca los ojos de encima, la quiere besar, está tan linda esta mañana, pero permanece callado y ella sigue— Nosotros somos amigos. Es lo mejor que nos puede dar la vida, nada más que eso. Yo soy prostituta, Tilo, ¿entendiste? Vos no sos mi cliente, ni mi novio, ni mi rufián —cuando le dice esto ya está parada frente a él y para reafirmar lo que le está diciendo lo señala con el dedo, como si lo encañonara—. Metételo en la cabeza y guardate en el corazón los recuerdos de estos momentos que pasamos juntos, es lo mejor que puedo darte. Ahora andate.
   Él se acerca y con suavidad le toma los hombros con las manos, la atrae suavemente y comienza a abrazarla; ella lo deja hacer. Tienen, los dos, una mezcla agria de tristeza y candor, casi al filo de la angustia. En el silencio de la cocina se escucha solo los dos alientos y el goteo de la canilla sobre la bacha metálica. Él no quiere dejar de apretarla contra el pecho, ella no quiere salir de ese lugar. Ninguno habla en esos minutos interminables y deliciosos. Mara insiste.
   —Andate Tilo.
   Tilo quiere reparar su error, le levanta el mentón con suavidad. Ella le rodea la cintura con sus brazos. Él le acaricia la espalda. Ella levanta los talones y le acerca los labios. Y se dan el beso más largo del mundo, como si fuese la primera vez. 
   Tilo advierte que las sombras de su cabeza se disipan, ella tiene los párpados cerrados, la humedad de las bocas se funde en una sola. Parece que ambos buscasen el interior del otro, aprovechando el silencio, el contacto, la proximidad. Son dos perros de la noche dándose una tregua, aplacando un poco la inclemencia de la soledad, olvidando por un rato la miseria nocturna que conocen, la de los muros desnudos, la mordedura del hambre. Él quiere que este instante sea eterno, o inmortal. Pero ella decide que el beso se termine. Lo desplaza con cuidado liberándose del abrazo. Es una de las pocas veces que él la ve sonreír.
   —Andate —le dice ella otra vez.
   Antes de salir Tilo se da vuelta y con el picaporte en la mano la mira.
   —Mara, quiero volver a verte.
   Ella lo mira y no dice nada. Ni sí, ni no.
   Tilo sonríe. Ella se ha sentado y sigue con el mate. Él observa con atención la imagen a contraluz de la belleza de Mara para que le quede grabada en la memoria. El corazón le late fuerte. 
   Ella le hace la segunda advertencia.
   —Tenés que dejar de inyectarte esa porquería si querés que te abra la puerta otra vez.
   —Te lo prometo —dice Tilo. 
   Y sale a la calle.


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viernes, 28 de julio de 2017

Las afortunadas

   Las Afortunadas, así las llamaban. 
   Y ese nombre amplio, acuñado por Plinio el Viejo, viene a cuento porque hay una niña que vive en una casa, situada en el África Occidental muy cerca de la costa de arenas ondulantes, la cual se yergue apuntando la torre de cúpula abovedada hacia lo alto, no lejos del borde casi infinito del continente que se contonea, mojando la cadera, en las aguas frescas del océano.
   Y frente a estas costas se agrupan las Islas Canarias, las más arriba aludidas, quienes son acariciadas por los vientos calientes que soplan por encima de las dunas del color del oro. 
   Y la niña sueña, interrumpiendo la tarea del colegio. Sobre todo, se dispersa cuando debe enfrentar, como ahora, a estos complicados y odiosos cálculos matemáticos, sentada en el patio de su casa, bajo la esterilla de mimbre de sombra protectora, con el lápiz en la boca, apoyando el codo sobre la mesa y la cabeza sobre la palma abierta de la mano. 
   La niña tiene los rulos anudados en un par de trenzas largas, y aunque aún no lo sabe, algún día llegará, ya con mayoría de edad, a establecerse en la Gran Canaria, uno de esos lunares de formas diversas, puestos en medio del mar por mandato de la suerte, que, miradas desde algún paraje colgado de la luna, dan la sensación de ser barcas diminutas navegando, como motas esparcidas, solitarias en la vastedad de las aguas de color esmeralda, compartiendo el siroco y el inmenso cielo candente del Sahara. 
   Y en este día espléndido, delante de los cuadernos escolares, ella imagina, dejando volar sus fantasías, un diálogo de fábula con una gárgola, un genio y un hada madrina.
   Y el ensueño se lo ha provocado una melodía exquisita, como si hubiese llegado a sus oídos desde el silencio del desierto, pero que en realidad viene del callejón del mercado de pulgas. La tonada aguda fluye de la flauta del ciego, quien la toca como besando las notas, agazapado, ensimismado en la armonía de sus pensamientos.
   En este mismo momento, por esas coincidencias del destino, en los suburbios de Buenos Aires, muy lejos de la feria de baratijas, al otro lado del mundo y en el otro hemisferio, en la desembocadura de un inmenso río, cuyas aguas llegan al mar, abrazando al océano interminable, otro flautista, de nombre Ziur, toca exactamente la misma música con la siringa. Es el afilador ambulante de cuchillos que pasa a menudo por aquí vendiendo sus servicios, y empuja su carro de una sola rueda, alegrando el día con el sonido de su pequeño instrumento musical.
   La niña no lo sabe, ni tampoco hubiese sido capaz de imaginar, que, en este barrio de viviendas pobres y esparcidas por la llanura marrón con manchas de hierba verde, también hay un niño soñando, tirado en el piso de la alfombra despeluchada de su vivienda humilde, con un libro de geografía en la mano, y que en este mismo momento se ha disipado, pensando en duendes, lámparas maravillosas y alfombras voladoras.
   Debe haber sido la conjunción, la concurrencia de dos ingenios infantiles en la nube de las ensoñaciones, y de dos flautistas que enlazan sus mágicas melodías, como si un par de estrellas fugaces cruzaran sus trayectorias en la bóveda celeste, lo que produjo el milagro. 
   Es por eso que la Tierra ha dejado de girar sobre su eje oxidado, suspendiendo el baile de equilibrios de todos los astros del firmamento. Y también los mares han detenido la reverberación de sus olas, las aves han sido congeladas en su vuelo, con sus imágenes quietas, las alas desplegadas de las pardelas por allí y la de las gaviotas por acá. 
   Todo lo que se movía se ha paralizado, ningún suspiro agita las hojas de los sicomoros, los trenes han quedado quietos sobre los rieles brillantes, apoyados sobre los durmientes de quebracho. Y por lo tanto no habrá que pensar en otras mañanas, ya hemos llegado al fin de los acontecimientos, no se sucederán más los días a las noches y se habrán acabado los despertares.
   Pero ambos niños han seguido soñando. Es decir, algo que acontecía no se ha detenido, los pensamientos de ella y él han seguido trabajando con la certeza de la eternidad que tienen las almas cándidas.
   Entonces, el niño toma un Atlas y lo despliega sobre el piso. Busca con el dedo un lugar incierto en la parte azul y ve las tímidas manchas de “Las afortunadas”. Se acerca para distinguir mejor, advierte las islas minúsculas como migas de pan y pone la yema de su insignificante índice sobre la que está más al sur y más al medio, la de forma redonda.
   Ni bien hace eso el milagro termina y sobrevienen varias cosas que nadie advertirá jamás. La Tierra y los planetas despiertan y avanzan en su movimiento como si nada hubiese pasado, y todo lo que se había detenido renueva su interrumpido movimiento. 
   Ha sido como si a la fascinación de la niña alguien la hubiese encerrado en una burbuja de tiempo inaccesible para el universo y todos sus habitantes. En estos breves instantes los niños han comulgado sus dos inocencias. Y dentro de la ampolla mágica se ha fisurado la continuidad del infinito de los relojes, y dentro de esa hendija, han quedado, además, la dulce canción de la flauta del ciego y la música de la armónica de Ziur, componiendo la misma sinfonía.
   Todo esto ha concluido en el preciso instante en el cual la imaginación de la niña ha terminado su ensoñación, justo cuando desaparece el hada mentirosa con su varita de plomo de hacer ¡flops!

******

   Ha pasado el tiempo.
   En las Islas Canarias, en el islote redondo, habita en su casa blanca la mujer que, siendo niña, soñaba con tener los cabellos rubios como el sol, del color miel que toma el astro, todavía ardiente, antes de caer muerto, desangrado en el bermellón del crepúsculo. Y se sienta al anochecer a tejer historias, meditando, con el lápiz en la boca, antes de que la punta de grafito comience a raspar las hojas de su libreta. Y sus cuentos se disipan en la oscuridad del aire, danzan alrededor del Faro de la Isleta, y ascienden como un perfume desvaneciéndose en todas direcciones. 
   Y aquí, en Buenos Aires, el hombre que, siendo niño, soñaba con viajes y geografías, en las mismas noches, desvelado por la melancolía de esta ciudad, se acerca a la orilla del río y apoyado en la balaustrada de la Costanera, escucha el arrullo de la corriente de agua deslizándose en las sombras, y aspira profundamente el perfume que trae la brisa desde ese sitio insular, muy lejano, para leer en la piel del viento sereno, los relatos de genios, gárgolas y hadas madrinas, que le ofrece la atmósfera quieta, bajo el cielo estrellado que descansa por encima de sus párpados.  

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viernes, 21 de julio de 2017

Un libro



   Un libro es algo mágico. Todos nosotros hemos tenido un libro en la mano. Y hemos, seguramente, abierto sus páginas en busca de algo, de algún secreto. Hemos leído al azar algún párrafo que nos lleve a otro sitio, o nos eleve, o nos quite fuera del manto cotidiano de las cosas banales. O simplemente nos haga soñar.

   He tenido la dicha y la gracia de poder realizar la publicación de mi primer libro y he querido, en esta entrada, compartir con todos los que visitan el blog esta noticia. Muchos de ustedes, escritores y escritoras, ya tienen esta experiencia y quizás hayan pasado por una emoción similar a la mía. Porque es el primero, el primer acontecimiento asombroso de este tipo que me sucede en este mundo maravilloso de las letras, tal vez en algunos aspectos más apasionante aún, que el del universo real de todos los días.

   El libro tiene un puñado de trece relatos que han sido enriquecidos a través de los comentarios que me han hecho llegar ustedes, y en base a ese aporte han sido mejorados. En este sentido les pertenece a todos. Aquello que ha sido para engrandecer los textos se lo debo a ustedes, lo que no, corre por cuenta de quién escribe, quién, con mucha humildad, no tiene más que palabras de agradecimiento. 

   Y hay un ángel detrás de todo esto, que es mujer y no tiene alas por ahora, y que es también, mi esposa. No sé si todo lo que esta tarea implica haya sido posible sin su férreo y cálido entusiasmo. No puedo medir el tamaño de lo que eso significa sin que algo se conmueva dentro mío.

   Fue un proceso más largo de lo previsto, pero de todos modos estoy muy contento. Ha sido una experiencia en extremo interesante porque he recorrido todo el proceso, el personal de la editorial me ha brindado todo el apoyo, y me ha hecho sentir, de veras lo digo, como si fuese un verdadero escritor, gracias también a todos ellos.

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Aquí coloco los datos para todos los que estén interesados en saber cómo acceder al sitio donde se puede encontrar las dos versiones: e-book y libro papel.

Título del libro: "El sonido de la tristeza"
Editorial: Editorial Autores de Argentina
Dirección: Padilla 1079, Comuna 15, Villa Crespo, Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Argentina. 


El libro papel se vende a través de la página de la Editorial Autores de Argentina, o personalmente en la librería de la editorial situada en la calle Padilla, en Buenos Aires. Se ofrece el envío a domicilio con costo adicional, ya sea al interior de Argentina o al exterior, como por ejemplo España y otros países de Hispano-América. En la página están todos los datos necesarios y los medios de pago que se ofrecen.

La versión e-book se puede comprar en los siguientes enlaces:

ARGENTINA:
Editorial Autores de Argentina

viernes, 23 de junio de 2017

Hojas de invierno

   Me he desvelado y no puedo dormir, por eso decidí levantarme. El reloj del dormitorio marca las cuatro. A través de la ventana veo los focos de la calle como lunares luminosos, dispuestos en hileras geométricas que se pierden en el infinito abisal de la oscuridad de la noche. 
   Una vez que estoy en la ducha, y ni bien comienza a correr el agua, advierto que tengo las medias puestas. No quiero corregir la tontería que he hecho. Es que, sabes, me es imposible pensar en dos cosas al mismo tiempo. Hay más de una idea dando vueltas por mi cabeza. Las locuras de los sueños me han dejado residuos misteriosos.
   Me visto y me pongo el abrigo, tomo un cuadernillo de papeles en blanco, lo coloco dentro de la mochila. Cierro por fuera la puerta de calle. Salgo decidido a derramar la niebla de imágenes de mi ingenio sobre la lámina virgen. Lo voy a hacer en la confitería de la otra cuadra, en la penumbra acogedora de la mesa de café. 
   Una vez en la vereda me anudo la bufanda, bajo la cabeza y, como una sombra encorvada, opaca en la tiniebla, cavilo, marchando por el trecho más breve, rumiando las sugerencias que le daré a mi brazo.
   Vine caminando y me he sentado en el bar Palermo. Comienzo a trazar un dibujo de líneas delgadas sobre la cartulina. Las curvas se van diseñando casi solas, los dedos dejan correr el extremo agudo delineando formas rebuscadas, algo así como flores. Después imagino las infinitas posibilidades de la gama de la paleta. La primera podría ser roja, la siguiente blanca y la tercera color té. Esta última, me parece, sería la más adecuada al pigmento de tu rostro. 
   Mi imaginación las tiñe con lápices de puntas cremosas. Siento en la piel de mi mano la aspereza de la hoja. Me invento la ocasión de rasgar un pergamino rugoso. Trato de lograr los diferentes tonos apretando más o menos el pulgar, hincando el espacio en donde va creciendo la figura. 
   En esta noche helada y silenciosa me asalta la orfandad de tu cariño, la ausencia de tu abrazo cálido, porque tu cuerpo está lejos, envuelto en las volutas de tu sueño. Desde aquí no oigo el canto almendrado de tus palabras diciéndome te quiero. 
   Deseo olvidar la pesadilla, los arañazos del ripio escabroso que se coló en mi cerebro y me trajo a la vigilia. He venido con el alma cohibida para huir de los temores, simplemente anhelo hacerte un dibujo, solo tengo la intención de alegrarte la mañana con la humilde habilidad del arte que practico, al que algunos llaman talento. Soy artista plástico.
   Medito en la tranquilidad del local casi vacío. Dejo a mi mirada abandonarse entre paredes y espejos, libradas las pupilas a los caminos rectos de los rayos impalpables, saetas intangibles atravesando sillas, curvas de cortinas combadas, transparencias, vanos aromas a tabaco y sutiles perfumes femeninos. Pero todo el tiempo pensando en tu exquisita ternura, esa emoción tan difícil de ilustrar con el rústico pincel del amante apasionado.
   ¿Y qué color asignarle, entonces, a tanto cariño cobijado, puesto todo él en los pétalos todavía desnudos, que tengo ante mis ojos? Hasta ahora permanecen pálidos, como artistas sin maquillaje. Qué bonito sería teñirlos con los tonos de aquella nube difusa, estirada sobre un fondo amarillo pálido, colgada de la parte baja del cielo. Este nuevo día aún no se enciende con todo su esplendor, se ha quedado congelado por las agujas débiles del sol frío, al comienzo de este crudo invierno.
   Me distraigo y leo de costado el titular del diario abandonado sobre la mesa de al lado. Nadie ocupa los asientos, ya se han ido quienes estaban, hay servilletas arrugadas y platos vacíos. Giro el periódico. Un tal Lucas falleció ayer en el Neuropático de Rosario, tenía 19 años. El chico estaba bajo tutela estatal, la Dirección Provincial de Niñez, Adolescencia y Familia. La carátula será, seguramente, muerte dudosa. Siento un golpe que me empaña el ánimo.
   El pibe consumía droga, hubo falta de contención, llegó al sanatorio golpeado, venía de la calle, aterido, pasó toda la noche en la cama blanca del hospital, tal vez llegó a percibir la caricia de la mano afectiva de alguna enfermera. Hoy lo encontraron duro, como una barra de hielo, y lo llevaron a la morgue. Dejó una nota escrita en un papel arrugado. Murió sin llegar a ver la flamante estación invernal de su fugaz existencia. 
   Un lamento interior me abre un tajo inevitable en el alma, las manos se me enfrían, siento una capa de trocitos de vidrio adentro de los zapatos. Por un momento estoy increíblemente alejado de mi dibujo. Pienso en los huesos de Lucas, buscando descanso en algún lugar del cielo. Me froto las manos, incómodo. Alejo la vista del diario y sigo con mi tarea. Pido un cortado, intento olvidar la noticia. 
   Vuelvo a la imagen de tu rostro dormido entre los pliegues de la almohada. Apartaría cualquier mácula que medre en este elíseo. Te sospecho abrigada en el sueño profundo, con fuegos fatuos bajo tus párpados cerrados, al abrigo de las brumas oníricas, expandiendo perfumes en los pulmones de la oscuridad.
   Imagino tu respiración pausada, en las sombras, agitando levemente el aire, moviendo ramas de araucarias, o derribando piñas al pie de los abetos, abarcando todo el ámbito con tu fragancia a bosques dormidos en las laderas de las montañas.
   No es solo un simple dibujo. Hay líneas agrupadas en el papel, y, además, hay emociones. Por supuesto, podrás entender el significado cuando lo veas, escondido en la disposición del conjunto, y, afinando la percepción, podrás oír una melodía, porque he colocado, detrás de la imagen, algunos sonidos articulados en la niebla de mis reflexiones. 
   Sobre Lucas dirán muchas cosas: graves problemas, la semana de su muerte cargada de conflictos, varias huidas de la institución. Tal vez se sepa su negativa a ser atendido. Quizás no mencionen que en el Neuropático lo medicaban de más, cuando padecía sus crisis, para que no molestara. De todas maneras, la Fiscalía no dará mucha información sobre el caso, por el contrario, tal vez muy poca.
   Pero, ¿por qué pienso en ese pibe? Si ya estaba perdido, pobrecito, ¿yo qué tengo que ver con él? Como si me molestara, trato de espantar el pensamiento con fastidio y sigo dibujando.
   Escucho sonidos. Levanto la cabeza y miro hacia afuera. Son golpeteos de tacos de mujer. Martillan el piso de la vereda, afuera del bar, y se replican en ecos, en la calle, contra las paredes congeladas. Los árboles aún están dormidos, tiemblan las sombras bajo la hilera esmerada de los fresnos. 
   Los plátanos tienen las ramas peladas. Se elevan como un sistema de arterias buscando las alturas. Le dan paso a la luz y lloran la caída de las hojas marchitas que crujen con las primeras pisadas furtivas de los transeúntes. 
   Y los tímidos sollozos liberan, además, un arrullo acongojado que se va a ir perdiendo con el avance del ajetreo de la mañana. La noche irá abandonando su condición virginal ni bien caigan las espadas de los rayos de la claridad matutina. 
   No entiendo por qué imagino que caen lágrimas de los plátanos sino saben lo que pasó en Rosario. Termino el café y pido otro, porque el dibujo no está terminado. Acerco la vista al papel, quiero conseguir más precisión en los contornos. 
   Con el extremo más agudo del lápiz negro, despacio, comienzo a retocar las espinas agudas de las rosas, en los tallos verdes de las flores que he dibujado. Siento que no podré lograr las puntas filosas que me lesionan por dentro como insignificantes puñales, o como alfileres que hienden el músculo, sacando la gota de sangre, roja, oscura, casi granate, que refleja los dolores del mundo, como el de Lucas, un rasguño que se esconde, inevitable, en un extremo de mi memoria.
   Tomo el último sorbo del pocillo, guardo todas las cosas que traje, y me levanto para emprender el regreso. Salgo y me golpea la bocanada helada de la brisa. Se me alborotan muchos pensamientos dispersos, parecen una bandada de aves, sumergiendo las alas en las fuentes de los jardines, rompiendo las delgadas capas de escarcha, despertando de la modorra a los estanques. Y se mezclan, confusos, con el nombre del chico ingresado al sanatorio que se ha quedado dormido para siempre.
   Camino de regreso. Solo pienso en encontrarte y compartir el desayuno contigo. Cuando abro la puerta veo la luz encendida del dormitorio. Estás levantada, quiero sorprenderte. Dejo la mochila sobre la silla. Me quito el abrigo. Saco la hoja ilustrada y la observo una vez más. Le puse la inicial de tu nombre bien grande. Esbozo una sonrisa y apoyo la cartulina sobre la mesa ratona. 
   Ya no quisiera pensar más en Lucas, pero me cuesta descartar, así nomás, ese recuerdo que me arde por dentro.
   Voy a colocar el mantel, traeré las tostadas, las tazas, el mate. Esperaré a que te des una ducha y cuando estemos sentados, te entregaré el dibujo que te hice. 

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viernes, 9 de junio de 2017

Cortinas de seda en la nieve

for Meg

   Si te digo que, de perfil, aun así, tienes los labios delgados, no sé, no estoy seguro de que me creas, quizás mi memoria no confía en haberte visto de ese modo. Y este rasgo, aunque te podría pintar como una mujer de corazón frío, lo contradice.

   Tu frente es despejada, tus ojos claros, no sabría decir si grises o castaños, pero, en todo caso, muy claros. Cuando sonríes no hay traza de línea alguna que se dibuje sobre tus mejillas lisas. Las imagino tan suaves como las laderas de los médanos donde la arena se escurre en figuras sedosas cuando cae la tarde.

   Pero pienso que por dentro eres como una herida abierta, expuesta todo el tiempo, tal como lo están las hojas, bajo la tenue presión de los delgados dedos del viento. Debo entonces transitar por esta zona con cuidado, por sus bordes casi indefinidos, para no causarte dolor. No más del que ya tienes y no cede, y no te abandona sino todo lo contrario, o peor aún, vuelve insistente a derrumbarte, o, a provocar disturbios en tus manos delgadas, emulando el rápido aleteo de mariposas extraviadas, para quitarte el poder de tu poesía.

   Y, aun así, eres brasa que no se apaga. Debajo de las cenizas claras de tu corazón ardiente hay un monumento de amor a la espera de ser descubierto. No lo dices tú, es mi imaginación la que habla y esboza esta semblanza. Quiero acceder a la orilla de tus pensamientos en medio de la bruma de tu pena inmensa, y es allí, donde se desvanece, cualquier intento de precisión o de certeza de mi parte.

   Pero no es mi intención mentirte, es el propósito de saber que sucede más allá de tus escritos. Es, de algún modo, el deseo de penetrar a través las gigantescas capas de hielo donde se ha escondido tu corazón, quien con sus latidos agitados palpita con ira y rasga fisuras sutiles en la prosa o en los versos más sugerentes, esquivos, extraordinarios.

   Puedo intuir la voracidad del sufrimiento detrás de las frases que estallan como relámpagos iluminando el cielo de los párrafos, quebrando ramas secas, o, a veces, surgiendo como brotes entre las grietas de las piedras de granito de tu pueblo tan lejano.

   Quiero también adivinar cuál es tu paraíso, porque debes tener uno, aunque sea pequeño, en dónde alojas los recuerdos más preciosos, las joyas que enmarcaron los mejores días, los instrumentos de ayuda para soportar el martirio de un suplicio recurrente que te sorprende de un momento a otro con el indomable temblor.

   Quiero verte brillar en tu mejor baile, vestida con tus mejores ropas, en compañía del abrazo cálido de la música. Anhelo sentirte disfrutar ese momento único en el cual nadie distraiga tus ganas de ser feliz, cuando nada rompa la magia del instante y éste se estire como una cuerda recta, tensa. Una recta que nazca cuando tus manos comiencen a acatar tus designios, posando las yemas de tus dedos en el sitio exacto sin provocarte fatiga. Y continúe, y se extienda luego en el tiempo, interminable, hasta que te sientas satisfecha de tanta dicha acumulada, ebria casi de tanto placer bebido.

   No deseo padecer la congoja al observarte desplegar tus cortinas de seda en la nieve, desnuda, expuesta al frío, soportando el tormento, liberando los colores del mármol, y con alguna frecuencia verlos salir por fuera de tu cuerpo, destilando la tristeza amarga que te persigue y desgarra. Porque a pesar de todo el tránsito de cada furia, tu alma indómita es capaz de armar una torre de babel en este mundo hostil, desde tu aislado universo, plagado de estrellas de escarcha.

   Eres un ángel que se cae y se levanta en infinitas ocasiones, blanca como las plumas más íntimas de las aves. Rondas de vez en cuando los senderos de los bosques cercanos, buscando hojas marchitas, manchas en los troncos de los árboles para descifrar quizás el acertijo, tal vez buscando la explicación de tus pesares en esas señales de la naturaleza.

   Me pregunto qué podría hacer para redondear las puntas de las espinas, que se hincan en algún sitio de tus ríos interiores, y desatan el maltrato de tus tormentas.

   Cuando eso ocurre tu voz se pierde, tus dedos no esparcen las esquirlas de esos poemas grises de pieles felinas, todo enmudece, no quedan vestigios de las leves pisadas, y espero, paciente, que surjas, como un nuevo amanecer, del lado derecho, con tu voz débil, a dejarme una gota de vida latente, como si no hubiese pasado nada, con la tela de la seda impecable, sin ningún rasguño, para desplegarla en la nieve, tantas veces como sea necesario.

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sábado, 3 de junio de 2017

Una noche fría

   No existe la metáfora perfecta para contar la historia triste de Ramón. Tal vez sería adecuado pensar que es un poco pájaro, y, dado que las aves no poseen alma, asumir que un hada invisible, mediante el embrujo adecuado, ha agregado lo necesario, de manera que en su interior se fusionen pensamientos y emociones.
   Hace dos meses que lo desalojaron de la pensión junto con varias familias que vivían allí por falta de pago. Y bueno, es que su jubilación no le alcanza para todo lo que tiene que pagar: medicación, alquiler, alimento. Este fue el inicio de su tragedia. Un manotazo feroz llegó desde lo alto a desbarrancarlo, a expulsarlo de su pequeño paraíso de cuatro paredes descascaradas. Un nido pobre, pero que le daba cobijo. Pero no pudo defenderse de los dioses terrenales, poderosos, desalmados, asesinos, que mandaron a sus soldados con el fin de hacer una tarea tan atroz. No saben ellos, ni siquiera imaginan, acaso, qué siente un ave cuando la arrojan, la separan, le infligen esa condena.
   Debía casi un año de alquiler, fue lo primero que dejó de pagar. Llegaron varias intimaciones del dueño de la vivienda, pero como eran muchos los deudores, un día vino la policía y lo expulsaron, junto con los demás, apenas le dieron tiempo para recoger sus cosas. Sintió el desamparo en el plumaje húmedo. La soledad lo abarcó por dentro como una enfermedad terminal, una bofetada lo había arrojado al vacío. La calle se convirtió en un ámbito siniestro que no abrigaba su corazón anciano. Le habían aplastado la dignidad, la suela del oprobio lo había pisado como si fuese un delincuente. La angustia y la congoja le ensombrecieron la cara y el espíritu. Comenzó así su decadencia. Como una paloma con las alas quebradas, su cuerpito leve, en la tempestad, fue sacudido por los vientos feroces que lo golpearon una y otra vez, con furia, contra las paredes de la ciudad, hasta dejarlo moribundo.
   Dejó de comprar los remedios y más tarde empezó a racionar la comida. Le alcanzaba para llegar a mitad de mes y, entonces, inevitablemente, después se quedaba sin comer. La indigencia avanzó sumando penurias, arrasó todo vestigio de cobijo. El hambre comenzó a hacer su trabajo secando sus tripas, devastó su ánimo. El ruiseñor acalló su canto triste, se fue encorvando por el castigo. De la voracidad del invierno obtuvo solo cenizas que lo congelaron por dentro y le pintaron el rostro sombrío que luce por fuera. 
   Ramón, ahora, camina despacio, está anocheciendo. Hay cosas que ya no le preocupan. Se acerca a un tacho de basura y revuelve. Busca algo para comer, cualquier cosa le vendría bien. Poco es el alimento que necesita un jilguero de cuerpo leve, pero ni tan solo ese mínimo consigue. Escarba con sus uñas negras, entre los vericuetos de la intemperie, y nada.
   Tiene una botamanga del pantalón rasgada que arrastra como un trapo sucio que se le pegó al zapato, como si fuese una mascota que lo sigue, como un retazo que acompaña a su amo no importa a dónde vaya.
   A los pocos días de quedar en la calle consiguió un pedazo de gomaespuma y algunos trozos de frazadas descoloridas. Tiene los cacharros que salvó de la pieza donde vivía en un changuito de alambre sin ruedas. Los tiene en la esquina, el primer piso de la ochava es un techo más clemente que un cielo encapotado con amenazas tenebrosas.
   Se detiene, se apoya en el tronco del árbol. Mira hacia arriba observando la claridad naranja que se desvanece detrás de los edificios grises. Ya está oscureciendo. Las ramas parecen huesos largos y delgados que quisieran arañar las finas nubes del crepúsculo. Baja la cabeza y sigue su camino. Ni siquiera es capaz de hilar un pensamiento como modo de expresar el dolor supremo que le consume su existencia mínima, desgraciada y trágica.
   Como hace más de un mes que no se baña tiene un olor nauseabundo que le produce picazón en las fosas nasales, pero también se acostumbró a eso, como a los dolores del reuma, porque ya no tiene remedios que lo alivien. Falta mucho todavía para el día de cobro, y, si es que llega, le dará vergüenza presentarse así, no lo dejarán entrar. Ya ha pisado el último escalón de la dignidad, pero no tolerará, de todos modos, que lo rechacen nuevamente. Hay un ave que lo acecha, ha oscurecido sus plumas, se eleva como un buitre y, en lo alto, gira en círculos sobre él, adivinando la carroña.
   Mendiga, pero solo obtiene unas monedas. Sus ojos blanqueados de cataratas ya no expresan nada, no habla para conmover al transeúnte, solo extiende la mano pidiendo un gesto de atención, su corazón es un trozo de hielo que en cualquier momento se quiebra. Tiene el plumaje marrón sucio, como los gorriones de Buenos Aires, apenas logra sacar algunas notas a su canto deslucido, y no logra que la música llegue a los oídos de los cuerpos apurados que pasan a su lado esquivando su presencia.
   Durante estas últimas tres semanas fue al comedor comunitario, pero no tuvo suerte, le dicen que no alcanza para todos los que vienen. Y hay abuelos y madres que también van a lo mismo, y prefiere ser él el que se quede sin nada en la mano, y regresa, entonces, con el plato vacío y un candado en el abdomen que cada vez le resulta más pesado. Cavila, remueve en su memoria, no comprende su delito, ha trabajado toda la vida, no entiende su condena, no ve con claridad, aún, la cara del príncipe que ha decido el hambre que padece, que lo debilita, que lo mata. 
   Hoy se siente más débil que otros días. Tal vez por eso quiere alcanzar la esquina y tirarse en el colchón, no se siente con fuerzas para caminar. Hoy la tristeza y la desesperación le han bloqueado la voluntad. Ya no podría discernir si es el miedo el que lo acosa, pero siente algo parecido a un bloque de cemento sobre su espalda que lo aplasta. Tiene el corazón espléndido del zorzal de pecho anaranjado, pero siente que su latido merma, vencido, cada vez más lento, y, además, presiente, que el vuelo es un sueño que se le va apagando, queda olvidado en la memoria el aleteo por las corrientes de aire para zambullirse entre el follaje de los árboles.
   Se agacha despacio, por el reuma. No sabe si le duelen más las articulaciones de los huesos que las del alma. Tiene el estómago cuarteado. Acomoda un poco los trapos y se queda sentado con la espalda apoyada en la pared. No hay gente que pase por la calle. Ya oscureció. No tiene familia, nadie en quién pensar. A los setenta y ocho años le parece que todo en su vida sucedió hace mucho tiempo y en un lugar muy lejano que aquí no reconoce. Ahora se siente un benteveo, orgulloso de su cuerpo amarillo brillante, con la cabeza blanca como sus cabellos. Añora su nido, o quizás, de una vez por todas, lo que quiere es terminar con todo esto, y en realidad, su alma simple busca el abrigo de una fosa oscura contra el muro de un cementerio.
   Tal vez, además de la visión de un límite vital, se pregunte también cómo ha llegado a este lugar, si por designio celestial o terrenal. No deja, entre tanto, de hacer su resumen, el balance de los recuerdos más importantes que tiene, los que más añora, los que más le duelen. Cabecea un poco y, lento, en silencio, se va quedando dormido. Hace mucho frío esta noche, pero ya no tiene fuerzas ni para tiritar. Y es aquí donde la metáfora estalla, porque las aves no sufren el frío. Lo que sucede, simplemente, es que los pájaros que Ramón encarna no tienen plumas que lo abriguen. Se toca el pecho de mármol, no hay brasas encendidas, todo él parece una catedral sin ventanas tallada en la cima nevada de una montaña.
   Siente que se le moja el pantalón con una traza de líquido tibio que emana por debajo de su vientre. Es la incontinencia, pero ya no le importa sumar un olor más a los que tiene. En lo último que piensa, antes de que lo atrape el sueño, es en su madre. Cuando el gorrión está por cerrar sus ojos, el universo se agrieta, un par enorme de alas negras se hacen presente ante sus ojos, se abren gigantes como el mar, llegan aquí a cobijarlo para siempre. 
   En esta posición lo encuentran a la mañana siguiente, parece un canario dormido, pero no lo pueden despertar. El médico mira, ausculta, y, por último, da la orden, en medio de caras serias, de subirlo a la ambulancia. El aire susurra a las hojas de los árboles una aserción insidiosa: Los dioses, poderosos, que transitan los salones de los palacios, han decidido entre firmas, actas y protocolos, la sentencia brutal de esta muerte inocente, un espíritu que se ha ido sin comprender cuál es el pecado cometido.
   Ya es de día cuando pasa el camión recolector. Los muchachos levantan los trapos, el jergón mugriento, el changuito descolado. Tiran todo en la caja trasera, uno de ellos aprieta el botón del pistón hidráulico para que queden prensados con el resto de la basura. 
   Luego el camión arranca y sigue su recorrido. Al rato caen del cielo pequeños plumones blancos, los últimos desprendimientos del alma de Ramón, que ha ascendido a los cielos a unirse con los mirlos, los gorriones, los horneros.
   Y un poco más tarde, sin que nadie lo advierta, la brisa helada forma un remolino y esparce las plumas, que se pierden para siempre, en el aire gélido de la mañana.

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martes, 23 de mayo de 2017

Escarcha

Junio de 2002

   Apenas el sol comienza a acariciar los bordes escarpados de un trozo de escarcha no pasa mucho tiempo hasta que se empiezan a desprender lágrimas de él.

   Esta necedad se ha enredado en los vapores de la imaginación fértil de Tilo, en ese terreno del alma que a nadie muestra. 
   Está sentado en la barra y oye la voz de Lorena que lo distrae: «Necesito tomar un poco de aire fresco, Iván», le dice. 
   Cuando era un mocoso, vendía ramitos de violetas en el Bajo y luego venía aquí, a la puerta de Trópico. Recuerda que ella salía y el aire se impregnaba de aroma a flores. Sus ojos eran dos diamantes negros sobre el sol de su sonrisa. Lo mandaba a comprar cigarrillos o cualquier otra pavada. Se despedía, luego, con su voz suave y le dejaba unas monedas en la palma pequeña de la mano.
   Ahora él ha crecido, tiene 18 años y aunque sigue viviendo en la villa 31, pudo terminar el secundario y ha empezado a estudiar en la Universidad de Ciencias Económicas. También trabaja aquí, en un puesto importante, ahora es el asistente del dueño al que todos conocen como el polaco.
   Lorena es la única persona que no lo llama por el apodo. Ella sabe que el verdadero nombre de él es Iván Stillaugh. Es la copera más hermosa de este club nocturno del barrio de Constitución, y luce espléndida en este salón con sus maravillosos 32 años. 
   Salen y se alejan tres cuadras del local. 
   Él se pregunta para qué lo ha sacado del club, cada tanto la mira, parece demasiado seria. Caminan callados hasta que ella ordena: «Doblemos». Y toman por la cortada, se alejan así de la claridad de la avenida. 
   Ella recorre unos metros, se detiene, apoya la espalda contra el muro, lejos de los focos de la calle, en la penumbra tenuemente iluminada por el brillo de los astros nocturnos del fin del otoño. Sacude la cabeza como para sacarse de la mente algún pensamiento que la molesta. Con las manos en los bolsillos del tapado largo, desabrochado, alza la mirada al cielo.
   —Alguna vez tuviste ganas de desaparecer —dice, sin que llegue a ser una interrogación, casi como afirmando.
   Iván se sorprende, la mira impasible con los puños enfundados en la campera de cuero, erguido en medio de la vereda, tratando de buscarle los ojos, para entenderla. Ha percibido tristeza en el tono de su voz, un susurro que desgarra la tela de la noche estrellada. Le resulta extraño porque ella no es de andar con las emociones en la boca de fresa de la que se enamoran todos los días los clientes del local.
   Ella saca un monedero pequeño del bolsillo, lo abre, toma un pañuelo blanco y comienza a frotarse los labios. Luego, delicadamente, sigue con los ojos, uno por uno, hasta quitarse el maquillaje completo que le cubre la cara. Lo hace con lentitud, y una vez terminada la tarea lo mira. Las pupilas de Tilo ya están adaptadas a la tiniebla y la ve más linda que nunca. 
   La noche de Buenos Aires tiene esa magia, a veces la luz de la luna coloca su foco sobre algo y, como una varita mágica, le da una belleza perfecta. Las miserias de la villa, los olores nauseabundos de los tachos de basura, las latas en las barrancas del Riachuelo, los pibes drogados, los abortos clandestinos, la mugre de los vagabundos tirados en alguna esquina, los tablones de las obras abandonadas, los barcos oxidados en el astillero, todo se esconde en el hueco gigante que se lo lleva detrás de la escena, a otro sitio. A veces sucede, aparece un ángel y en un suspiro se produce ese recorte de la realidad. Y en ese espacio inmaculado están los dos. Eso es lo que siente él en este instante.
   —¿Te pasa algo, Lore?
   —Nada… ¿por qué?
   —Te sacaste el maquillaje.
   Después que lo dice, se avergüenza de la obviedad al observarle la cara. El rostro de una mujer es un lugar sagrado, un templo de enormes puertas que permanecen siempre cerradas, mudas, como el agua de una laguna escondida, a la que llegan las aves multicolores que anidan en los árboles de la orilla. Advierte, por eso, con solo mirarla, que ese instante no es momento de averiguaciones, sino una ocasión para los silencios. Y calla hasta que ella decide hablar.
   —Iván —le dice guardando el pañuelo y mirándolo a los ojos —… no me contestate lo que te pregunté.
   —Sí… disculpame… me distraje. Es que no sé, es una pregunta difícil, jamás me la hice. ¿Desaparecer cómo? ¿A qué te referís? —dice Tilo, impasible, con su voz grave. Alto y flaco, la mira con curiosidad, todavía sigue pensando cuál es el motivo por el qué han venido aquí y, ahora, también se interroga acerca del rumbo de los pensamientos de Lorena. 
   —Desaparecer —le dice, como si se tratara de algo evidente, que no necesita más explicaciones —. Vos un día estás y al día siguiente no. Simple. A otra cosa.
   Y ni bien ella termina la frase, se arrepiente, porque sabe que, inevitablemente, le ha reavivado el recuerdo de su madre, quien lo ha abandonado, ha desaparecido, cuando él tenía cinco años. Y aunque el objetivo de la pregunta no era ese, le ha abierto una herida muy profunda.
   —¡No!... No…ya sé en qué estás pensando, no me refería a eso.
   Lorena se da cuenta que lo ha sensibilizado y quiere reparar el daño. Se acerca y le pone la mano en la mejilla. Él siente la caricia de la piel delicada. Ella lo percibe y la retira de inmediato, como asustada.
   —Perdoname, soy una tonta.
   Tilo puede controlar el dolor, en su corta vida aprendió a dominar la mordedura de esa fiera. La indiferencia de la gente, el desprecio de las miradas, los maltratos de la policía, la calle y la noche, le han templado el carácter. Pero solo para mostrarse duro ante los demás. Con ella es diferente. En su abismo interior, inescrutable, cualquier inquietud, que le genere una palabra de su amiga, es capaz de agitarle el corazón.
   Un ángel, desde lo alto del universo, ve estas dos pequeñas motas, que se han acercado una a la otra, almas desoladas hijas de esta ciudad inmensa que duerme, ajena a todo drama. Y ese ángel viene a reparar este malentendido, porque la anima a Lorena a acercarse de nuevo a él. Ella le pone la palma sobre el pecho, presionando un poco con sus yemas, debajo de la campera. Pasa el otro brazo por detrás, le aprieta la espalda y le apoya el rostro sobre el hombro, en un gesto de cariño, ofreciéndole el contacto de su cuerpo para compartir la oquedad que le ha abierto. Quiere mitigar la orfandad, aliviarle la pena. 
   Dura un instante eterno. El tiempo pierde su rigidez.

   La escarcha es muy sensible a los cambios. La calidez la afecta, la hace crujir, la resquebraja. Y, a veces, bajo la tímida presión del peso de una mariposa, o cuando un colibrí agita las alas muy cerca, se parte su corteza de pan crocante, provoca un sonido casi inaudible, emite una queja, y como un cristal, se astilla, se le forman grietas similares a la de una hoja seca. Lo que antes era tan amplio que cubría toda la superficie del estanque se va quebrando en trocitos más pequeños.

   Tilo saca las manos de sus bolsillos, aspira el perfume del cabello de Lorena, y siente que el entorno se carga de belleza. Es una emoción desconocida, un corazón de mujer que se acerca al suyo a compartir un poco de calor, un sentimiento que asoma por primera vez en su vida, algo que vale la pena. Todo en él ha transcurrido entre la brutalidad de la villa y la noche inclemente, peligrosa y siempre clandestina, solitaria y marginal. Este es el primer cielo que se le ofrece, que se abre a la ternura: el abrazo de una mujer.
   Pero teme todavía entregarse entero a semejante paraíso. Intenta escudarse en la soledad porque se siente indefenso. La toma de los hombros y la separa suavemente de él, sin dejar de asirla. Tiene los dos miedos: el de perderla y el de abrazarla. La coraza que le blinda el alma está a punto de fundirse. 
   —No quise herirte, Iván, estoy muy mal, la cabeza no me da más. Quiero dejar toda esta basura. Ya no quiero seguir con esta vida.

   Una vez que la escarcha cruje por la presencia de la ternura, es inevitable que se comience a fundir, y se transforme en líquido. El agua, todavía fría, se empieza a separar del hielo cristalino, forma gotas, las gotas resbalan, se separan, ruedan, caen, mojan.

   Ella está quebrada, los ojos se le humedecen. Tiene los brazos caídos, el cuerpo flojo, se sincera, se derrumba. Una lágrima empieza a bajar por su mejilla, es una canoa que naufraga vacía, al borde del precipicio ¿pide ayuda? ¿necesita consuelo?
   Tilo no conoce, todavía, la sensibilidad de las mujeres. Lorena comprende, en cambio, demasiado a los hombres, o al menos eso cree. Pero aquí están estos furtivos perros de la noche, corazones desiertos, vulnerables, pidiendo una estrella que los cobije, un lugar en dónde la mentira y el engaño no existan, alguien en quien confiar, un pequeño edén en dónde puedan realizar eso que la gente llama “sueño”, eso que ninguno de los dos ha conocido. Y tiene que ser antes de que la muerte se haga presente para decir basta a este juego. 
   Entonces es ella la que apoya sus labios en los de este muchacho pecoso que no se anima, que parece mayor de lo que es, que hasta ahora solo ha besado a chicas de su edad, a quienes ha conocido en la villa y en el colegio, pero nunca a una mujer. Y él se deja llevar, abre su boca, enreda su lengua. La siente áspera, rugosa, un abrazo extraño que lo acaricia por dentro. Y cierra los párpados. Y aprieta fuerte el cuerpo frágil y blando que se ahueca en el arco sólido de su pecho. 
   Y luego, ambos, sin dejar de sostener el abrazo, siguen prodigándose besos que surgen de la ternura, esa palabra casi olvidada, caricias que no usan desde hace mucho tiempo. Se recorren con las manos de un modo diferente, utilizan un lenguaje que desconocen, distinto, y de una extrema inocencia. Se toman de la cintura, enfrentados. Ella sonríe con todo el esplendor. Él apenas. Pero los ojos le brillan y se le forma un hoyo pequeño en cada mejilla. Lorena le pasa el dedo por la piel pecosa de su rostro, por esa hendidura que nunca le había visto.
   —Iván, no dejés de abrazarme, me hace bien.
   —¿Todavía querés desaparecer?
   —Ahora no, después no sé. No quiero pensar en después, me importa solo lo que me pasa ahora.
   —Y ahora ¿qué es lo que te pasa?
   —No sé. Pero es lindo, Iván, muy lindo. ¿Y a vos?
   —Algo que quisiera que no se termine. Quiero decir que este momento sea interminable. Que nos quedemos así para siempre. 
   —¿Por qué?
   —Porque tengo miedo, Lore.
   —¿Miedo a qué?
   —Estoy pensando en qué puede pasar más tarde, después de ahora, en un rato.  
   Cuando Tilo dice eso, Lorena lo quiere sentir más cerca, piensa que los sentimientos de Iván se le escapan. Y se aferra intentando retenerlo. Se siente una adolescente como él. Hace un rato se encontraba desolada y ahora no desea desprenderse del abrazo. Le pone la mano sobre la boca, no desea que hable. Luego lo toma del brazo, le propone ir al hotel de la cortada que está a unos metros de aquí, suficientemente alejado de Trópico para que el polaco no se entere.
   Tilo es el que pide la habitación.

   Cuando cubre la amplia laguna de los pensamientos, la escarcha se transforma rápidamente, es sensible a los cambios emocionales, la fragilidad desaparece. Si algo similar al amor asoma tal cual lo hace un sol de otro firmamento, los hilos de agua corren, luego mojan como un perfume volátil que desaparece y, más tarde, se transmutan en hebras de nubes que alimentan el cielo límpido de la memoria para que nunca se olvide el instante de su creación.

   Las mejores imágenes que conserva de aquella habitación son la de Lorena desnuda cruzando una pierna sobre su cuerpo largo tendido de espaldas en el lecho, a horcajadas. La ve descendiendo y ascendiendo, mientras su sexo se entibia, en movimientos suaves, emitiendo gemidos, los cuales no pueden ser contados, ni enumerados, acontecimientos aislados en un todo interminable. Entregada al deseo, con la vista perdida, sus brazos rectos, sus pechos blancos balanceándose como frutos maduros, sus palmas cargando el peso sobre él, jadeando, la melena larga cayendo en cascada, y, ambos, alcanzando el éxtasis, y ella, por fin rendida, tendida sobre él, con su mano pequeña acariciando su cuello con suavidad, en un movimiento que le parece interminable. Lorena, por siempre Lorena.
   Antes de salir Tilo le dice al rostro del conserje que lo mira con curiosidad a través de la ventanilla de la entrada: «Tano, vos no nos viste, ni a ella ni a mí, nunca estuvimos acá ¿entendés lo que te quiero decir?» Y el dueño del hotel alojamiento asiente con la cabeza, aprecia al muchacho y no quiere tener problemas con el polaco.
   Salen y cuando llegan a la esquina se corta la corriente eléctrica, la calle se queda a oscuras. 
   Los dos se miran bajo la tenue luz de la luna y no dudan. Tienen que volver antes de que el polaco se entere que no están en el club y tiene que ser rápido. A un par de cuadras se encuentra Trópico, en la primera corren y luego, la última la hacen caminando, tratando de componerse. Ella, afortunadamente, se ha maquillado en la habitación del hotel. Entran por separado, él lo hace un rato después.
   Han puesto candiles en las mesas reemplazando las lámparas. El polaco está en el salón buscándolo a Tilo.
   —¿Dónde te metiste pibe, que no te encontraba? Nos cortaron la luz.
   —Vengo de ver cómo solucionar la iluminación de los baños. Ya le di instrucciones a los muchachos de seguridad.
   —Bueno, entonces yo voy a buscar a la gente de mantenimiento, necesitamos que pongan el grupo electrógeno en marcha —le dice, y luego se aleja hasta desaparecer por la puerta del fondo.
   Tilo se acerca a la barra, se sienta y se da vuelta buscando con la vista a Lorena, mirando de reojo hacia la penumbra que cubre los espacios entre las mesas. Todavía está en una nube de emociones que no le permiten bajar completamente a la realidad. No puede sosegar, aún, los latidos apresurados de su corazón.

   La escarcha envidia al rocío porque es el paradigma de la alegría, porque besa los pétalos de las rosas y libera el aroma de los jazmines en verano. Es un duende enamoradizo, alegre, le gusta ser el prisma especular que despliega colores, ni bien un rayo de luna alcanza su esfera, brillante como una gota de mercurio.

   Tilo ahora la ve tenuemente iluminada en la penumbra. Viene del fondo del salón, pasa por la mesa, toma la cartera y se dirige al centro del local buscando la salida para irse.

   Cuando la escarcha duele, hay que retirar la vista. El daño que provoca a la visión es irreparable al contacto con sus aristas filosas y frías. Una gota de ácido es menos temible. Pero algunos, sobre todo los inocentes, se atreven a sostenerle la mirada.

   Iván sale detrás de ella, y ya en la calle la llama. Ella se detiene. Él se acerca, le pregunta. Hay frases, explicaciones, pedidos.
   —No te podés ir.
   La toma de los brazos, ella está floja, lo deja hacer. No es Lorena, parece una extraña. Sus ojos oscuros lo miran fijo, son dos láminas de acero. Su corazón femenino es un hueco ausente que no late, no hay sonrisa en sus mejillas. Tilo se inclina para darle un beso. Ella le coloca la punta de un dedo en el pecho y lo detiene.

   La escarcha es algo que se renueva en la naturaleza, vuelve en la estación de los fríos, cuando las sombras lo van invadiendo todo, de nuevo, se empieza a formar lentamente, y si hay luna, su conquista es infalible y su arma mejor es la tristeza.

   —Escuchame —su voz es fría, dulce y firme—. Hoy no estuve con ningún cliente, solo vine a despedirme de vos. Fue la noche más hermosa de mi vida. Te di lo mejor que tengo sin tener que fingir nada, quiero que te lo guardes como el mejor recuerdo de mí. Apenas sé escribir, no pretendas que te deje una carta. Ahora cada uno hace su camino. Vos vas a entrar por esa puerta por dónde saliste. Ahí está tu futuro, sos joven e inteligente —se lleva un índice a la sien—. Yo ya estoy vieja, las pibas hacen mejor este trabajo, lo mejor es que nos separemos y, también, lo menos doloroso para vos. No te vas a dar vuelta, no tenés que mirar cuando me esté yendo. No me busques. Andate vos primero. Las despedidas no deben ser largas.

   La escarcha es una capa delgada que cubre la superficie líquida, agua dura sobre el agua blanda bajo la luz de la luna. Es tan débil su consistencia que una leve presión la puede romper. Si no aparece la fuerza que se hinque los dos elementos quedan separados inevitablemente.

   Tilo la ha escuchado mudo, la entiende, le cuesta mucho, pero comprende. Se pone las manos en los bolsillos. Se da vuelta y comienza a caminar. Es un metro ochenta de carne y huesos, un muñeco con la mente de trapo que obedece. No piensa. Es demasiado dolor. Tiene un adoquín en cada pie, una varilla de acero de tres pulgadas de diámetro le envara la espalda, un trozo de hielo le pesa sobre los párpados, la puerta acristalada de Trópico está demasiado lejos, el tiempo se detiene. Se siente vacío. Por primera vez no sabe dónde podría esconderse.

   El tiempo tiene mucha paciencia. La noche es larga y mantiene la vigilia mientras se engorda el espesor de la escarcha. Con el guante puesto es sencillo asirla con cuidado sin derretirla y, a veces, si se la quiere quebrar, se resiste a tal punto que daña la piel de la mano desnuda, produce el corte y la sangre brota en calientes gotas escarlatas.

   Lorena, impasible, gira hacia el lado opuesto, se sube las solapas del abrigo, se acomoda la cartera sobre el hombro y comienza a caminar despacio y segura. Tilo tiene que hacerse hombre. Ha visto tantos con su mismo pesar. Este chico la enternece, ha sido una perla en su vida miserable. 
   Recuerda sin querer los tiempos de su infancia desgraciada, la casa de chapa, el gallinero sobre el arroyo pestilente que atravesaba el barrio, los perros hambrientos, el olor insoportable del agua estancada, los chicos descalzos, los disparos en la sombra. 
   Está cansada, ha tomado una decisión importante. No va a venir nunca más por aquí, a prostituirse. Va a cambiar de profesión. Solo desea llegar a la pieza que alquila en la pensión, darse un baño y dormir. Mañana va a pensar en un nuevo rumbo. Tal vez lo mejor sería aceptar el ofrecimiento de su hermana para ayudarla en la peluquería. Ahí no es necesario saber escribir. 
   Se promete que va a ir a buscar trabajo a cualquier parte, pero aquí, seguro que no volverá. Por un momento siente que va a extrañar a este chico pecoso, un nudo de congoja le obstruye la garganta. Se pasa una mano por el pelo, alza más la cabeza y sigue. Quiere pensar en algo lindo y no recuerda nada que no sea la cara triste de Tilo.

   La escarcha tiene latidos infinitos, nunca termina su trabajo, se congela y se deshiela. Es milenaria su tarea. Los hombres y las mujeres con sus amores vanos, endebles, le indican el paso de sus transformaciones.

   Un ángel, el mismo que los vio en la cortada, desde lo alto del universo, ve las dos pequeñas motas, que ahora se alejan una de la otra, dos almas desoladas en esta ciudad inmensa, a punto de despertar, ajena a este drama irreparable. No puede hacer nada, deben salvarse solos. La claridad del incipiente amanecer se está asomando por los contornos de los edificios del Bajo, pronto eclipsará todas las tragedias nocturnas y evaporará la humedad de todos los ojos.
   Tilo alcanza la puerta de entrada de Trópico.

   La escarcha de la noche se desvanece, pierde sus contornos. Los incipientes rayos de sol están por culminar la tarea. Las últimas lágrimas de agua fría resbalan hacia el vacío. No se escuchan otros crujidos y desaparece por completo todo vestigio de su presencia. La soledad, una vez más, avanza, y comienza a abarcarlo todo.


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