lunes, 7 de agosto de 2017

Sombras

Marzo de 2006

   Los murmullos de las voces en la penumbra rojiza, la música suave, los aromas de bebidas y los perfumes femeninos, se esparcen por encima de las mesas de los salones de Trópico, todo indica que es una noche tranquila. 
   Tilo se inclina para escuchar lo que un empleado le dice algo al oído. Luego se endereza y se dirige hacia el fondo del local sin dejar de observar de reojo a su alrededor, mientras verifica que los guardias de seguridad estén atentos. Su figura alta pisa las alfombras gruesas y se pierde por el pasillo que conduce a las oficinas. Golpea con los nudillos y de inmediato entra al despacho sin preguntar. Siente el “clack” de la cerradura que se cierra detrás de él. 
   El polaco Jedrek, de traje azul, impecable, está parado en el centro de la oficina. Está solo, no lo saluda, está serio, el brillo de la ira le titila en la mirada hosca. La luz amarillenta del único foco que lo ilumina le talla la cara cuadrada, los pómulos en punta, casi filosos. Tiene la voz agria, helada como el viento de su aldea natal, cerca de los Cárpatos. Está furioso. Habla como un trueno ronco.
   —Mostrame los brazos —dice.
   El metro noventa de Tilo se pone tenso como un granadero. Siente la respiración agitada del polaco soplándole en el rostro porque se le ha acercado y están cara a cara, lo cual le tensa más los músculos. Mantiene el semblante impasible y los tendones del cuello se le endurecen como varillas de acero. Intuye de qué se trata, y entonces reacciona. Le dice que no le dé órdenes, que no se haga el misterioso y vaya al grano, que directamente le diga lo que tiene que decirle. 
   Y Jedrek continúa.
   —Necesito que lo que tenés aquí —y le apoya el dedo en la sien— esté bien frío. Y lo que está acá —y le pone el puño cerrado de nudillos gruesos sobre el pecho— esté bien calentito. ¡¿Me entendiste?!
   El polaco y Tilo lo saben. La noche y especialmente el negocio del club nocturno tienen sus peligros. Y más, todavía, porque Trópico tiene la fama de resistirse a pactar con la mafia de la trata, y de la droga. Por eso Jedrek está doblemente enojado, y no quiere ni averiguar a dónde fue a comprar el pibe su “mercadería”.
   La vida y la muerte están en juego. Separados por una delgada lámina de tiempo, el paso entre esos dos estados se define en un segundo. Hay que tener la mente fría y despejada, y tener en el corazón el impulso justo para defender la vida del otro.
   El polaco está invadido por la iracundia. Y tiene razón. Trata de calmarse un poco, se sienta en el sillón que está detrás del escritorio, busca la serenidad que ha perdido. Se recuesta y estira unos segundos los brazos extendidos hacia atrás, por encima de la cabeza, para distenderse.
   Después, se afloja, deja que las manos cuelguen libremente y los hombros bajen. Lentamente se acomoda mejor sobre el respaldo y, comienza a recordarle al muchacho porqué ha confiado en él y, cuántas veces le ha recomendado las cosas de las cuales tiene que cuidarse. Nada de droga, nada de alcohol, nada de involucrarse con las chicas que trabajan en el local. Se lo repite una vez más, porque sabe que está flaqueando y ha empezado a consumir.
   Finalmente pone las dos palmas sobre el escritorio como en ademán de levantarse, pero no se incorpora, clava los ojos en la mirada de Tilo, que todavía permanece parado frente a él. Le habla remarcando con cautela cada palabra, como sujetando con fuerza la rabia para que no se le escape. 
   —Andá a verla a Mara —le dice, casi echándolo de la oficina.

   El polaco sabe que el pibe es duro, pero reconoce que también, este negocio y la soledad de la noche en ciertos momentos se vuelven insoportables, y es cuando uno se debilita, y necesita un poco de ternura. Por eso ha pensado en esa mujer. 
   Lo tiene que ayudar para que no caiga en la adicción, sabe que está a tiempo. Lo entiende, a veces es difícil no tentarse inyectando un poco de alivio por las venas. Pero también sabe que en este negocio no se puede dejar ningún resquicio. La llama bajo la cuchara y la jeringa esperando, en suspenso, para clavarse un hilo de ácido bajo la piel, marcan el ocaso de todo. Es como meterse la punta de la 9 mm entre los dientes, con la boca abierta, sin seguro y con el cargador puesto.

   Tilo sale de la oficina dando un portazo, atraviesa el salón como si no hubiera pasado nada y sale a la calle. Tiene la rabia trabada detrás de la mandíbula, pero el carácter flemático que hereda le moviliza el razonamiento. Comprende que ha caído en una debilidad que no se permite a sí mismo. 
   El polaco conoce la historia que ha tenido con Mara, y este nombre, ahora, aparece como un fulgor en la retina que le ilumina el cerebro, le aviva un recuerdo que no quiere empañar, una huella de amor, una joya entre la basura nauseabunda de las madrugadas de la ciudad. Fue la primera mujer que le develó la clave para encontrar el atajo hacia el corazón femenino, la que le mostró cuán imprecisa es la posibilidad de alcanzar ese universo tan ambiguo para el entendimiento de los varones, fue quién, en definitiva, le enseñó el modo de leer con delicadeza las emociones, y ahuyentar los titubeos a fin de conseguir la suavidad de una caricia sincera.
   Tilo camina en la oscuridad de la madrugada de Buenos Aires. Toma por la avenida Santa Fe bajando hacia el Bajo. Los recuerdos se le atropellan en la nuca.
   Hace unos meses, cumplidos los veintidós años y ya terminada de mudar la piel de la adolescencia, había empezado a sentir que en el club sus más íntimos sentimientos estaban a la deriva, que era un sitio alambrado que le aumentaba la desolación. Se estaba marchitando entre tanto vacío. Y llegó la ocasión en que hizo un alto en su trabajo y salió del local, buscando esa mirada que le estaba faltando. Y la encontró en un bar del Bajo. Mara, habitante de otro paraíso, le supo susurrar la nota musical adecuada, porque hablaban el mismo idioma de las sombras calladas, que se esconden entre las latas y los escombros del suburbio. 
   Pasó dos días con ella y fue el lapso suficiente para que le dejara la marca indeleble que había buscado en una mujer, y la quiso conservar envuelta en la bolsa del egoísmo, dónde colocaba lo más valioso, y cosió luego la abertura con el hilo más duro, preservando dentro de sí mismo el tiempo de sosiego que ella le había regalado, y los exquisitos silencios de los gestos. Mara le mostró la escalera al cielo y luego se esfumó de su vida dejándole los huesos a la intemperie. En ese momento pensó que sería fácil olvidar a esa chica. Pero no, se equivocaba. 
   La discusión con Jedrek le despertó el nombre que él tenía guardado bajo siete llaves, como una estampita doblada en dos. Ahora advierte una picazón en el alma. Una centella se le metió en el pecho. La fuerza de gravedad del dulce recuerdo lo empuja.
   Pero ahora Tilo está un poco perdido, esta noche exageró con una dosis fuerte, y siente que le está comiendo el cerebro. Piensa que Mara tiene que estar en algún rincón de Buenos Aires, el polaco no habla por hablar, debe saber dónde está, pero no se lo dijo, lo hizo a propósito, para no hacérsela fácil, y él tampoco preguntó, por orgullo. 
   Va a empezar a buscar por el Bajo, hasta llegar al sitio justo. La recuerda en un momento vago, impreciso. Estaban en una cama sucia de sábanas viejas, ella fumaba sentada, con la mirada perdida, acunada por la música suave de un blues, o tal vez era un solo de saxo extendido hasta el infinito, sola, metida dentro de sí misma, pero sabiendo que él la miraba a través de las últimas volutas de humo, deleitado en las agradables imágenes de esos instantes inmortales. 
   La ansiedad lo empuja. La ola de energía de la droga todavía le agita la cabeza, le recorre el cuerpo, pero también siente una particular incertidumbre. Sus pasos quieren orientarse, busca el rastro, pasos perdidos, indicios en las cornisas, intenta descubrir señales que lo guíen. Un monólogo interior comienza a envolverlo y sus pensamientos giran en espirales yendo de la locura a la sensatez.

   Mara. ¿Sabés qué son las sombras? Se instalan, junto con la soledad y la tristeza, agazapadas en la bruma de mis sentimientos, como nubes que me bailan en la cabeza con formas de demonios que no se dejan dominar. Aparecen enredados en la madeja de los peores recuerdos, me gritan culpas que no tengo, o quizás sí, es imposible la certeza cuando estoy ebrio de compasión, tan falto de un sol tibio como ahora. La única tregua es pedirte un mendrugo, un pequeño guijarro de amor.
   ¿Dónde estás Mara, que no te veo, entre tanta oscuridad? Es preciso que te encuentre, quiero aliviar este dolor, y cuando esté con vos, buscar en tus ojos la mirada profunda que me analice por dentro, que desmonte la angustia salvaje que me tortura. No quiero recurrir de nuevo a inyectarme la cuota de paciencia para abandonarme en sueños deslumbrantes, duro como una momia, brillante como un sol de cromo que baila con los focos de la calle.
   Si tuviera la ayuda de tus labios, tu presencia sería suficiente, podría espantar el humo negro, y calmar el hambre del pájaro hambriento que me muerde la espalda. Podrías mitigar el frío que me congela los pies cuando estoy dormido en la penumbra de mi cuarto.
   No sé cómo escapar de este infierno que me tabica el cerebro y lo infla como un globo, lo expande y me provoca este terrible dolor de cabeza. Esta locura que me muestra muñecos que se trepan por las paredes como gusanos, como babosas alineadas que surcan todas las paredes en diagonales que no se cruzan. 
   Comienzo a alucinar un poco, aunque no pierdo la cordura. Sigo caminando por las calles estrechas. Todavía no te encuentro. Siento que la tierra se inclina, que el mundo tiende a volcarse. Y tu cintura, y las curvas de tu pecho están lejos, no están a mi alcance, cerca, ni por aquí ni por allá. Estoy convencido que es inútil que siga buscando las caricias en todas las mujeres del mundo, ninguna será como la tuya, tan maternal como la que yo necesito. Los minutos que pasamos juntos fueron un puñado de gorriones en la hierba. No me olvido.
   En cada célula del cuerpo me dejaste pintado un tatuaje de sosiego, y en la voluntad me dejaste colgado un talismán que me debería guiar a tu encuentro. Pero las sombras me abruman, Mara, y le quitan poder al amuleto. Soy un vestigio que mira perplejo su propio derrumbe con la mueca del cansancio. La soledad en que me veo desde que nos despedimos, me llevó al hostil desamparo. Esta indigencia me inquieta y destila un jugo de dolor ácido todo el tiempo. 
   Indago en el sonido de cada taconeo, giro la cabeza para mirar las caderas que pasan a mi lado. La magia de perfumes no logra despejar la opacidad umbría, yo busco otro licor, otra dulzura. Ha habido tantas mejillas suaves que me han dado el regalo de la seda, pero ninguna, Mara, me ha podido quitar esta costra de hielo eterno que me cubre como lo hiciste vos. 
   Ninguna me ha tocado en el lugar que más me duele. El fondo de mi interior está despojado, es un páramo pelado por la nieve en dónde hay una tumba enorme, ¿la recordás?, inmensa, con una laguna de mercurio clara que llega hasta el infinito cuando la alumbran los rayos de la luna. Tus dedos delgados, y tus uñas largas pintadas con esmalte, tocaron la superficie fría de que te hablo, formaron una hilera de puntos que me estremecieron el alma. Fue cuando tuve que desnudar mi orfandad delante de tus pupilas. Y te conté todo, te relaté mi infancia triste y te hablé, además, de la ausencia que ella me decretó.
   Nadie ha llegado ahí, hasta ese lugar en que está el núcleo de los dolores, el principio del duelo que no quiero comenzar, que siempre evité revelar, que siempre traté de esconder. Preferí cavar con furia hasta rasgarme la carne, cuando fue necesario, hasta llegar a las arterias más gruesas, clavando agujas en mis rodillas, con tal de mantener mudo el secreto. 
   Pero a vos te lo confesé todo en aquel momento de flaqueza, casi de rodillas, como si fueras una diosa en su púlpito, apoyando el rostro entre tus muslos. Vos sabés que esa carencia irremplazable la quise compensar, o mejor, la quise exterminar, saciando mi deseo en tantos vientres, en lechos revueltos, abandonados después de la niebla del alcohol, engañado con caricias falsas, recostado en pechos blandos, enormes y pequeños, lanzando gemidos a la luna, sin llanto, embelesado por los perfumes. 
   Sos vos, Mara, la que me ayuda desde entonces a soportar las pesadillas. Te aparecés de repente, a quitar la eterna recurrencia de mi pueril abandono, a salvarme de la soledad, a quitarme el estigma del desamparo de la ternura, a aliviar el espanto de los despertares.
   ¿Sabés que me parece verte, solitaria, en cada uno de los umbrales de los prostíbulos? con tu vestido bermellón sobre tu piel que nunca transpira. ¿De dónde saqué esa imagen mentirosa? Te imagino como un mimbre esbelto tallado en caoba de color tabaco, con los círculos oscuros del iris de tu mirada un poco perversa, con tu apariencia serena, sin sonrisas, apenas un hoyuelo pequeño en la mejilla. Y te sospecho, en cada sitio que te veo, vestida con la sensibilidad desbordante de ilusiones, pero huidiza, y una voz que siempre me llama, y me pide que me acerque. Así, de ese modo, tu figura se enciende y se eleva inmaculada, bajo las marquesinas, inmorales, descuidadas, hediondas de orines.
   Deambulo, me siento un poco tonto buscándote por todos los bares del centro. Abro las puertas de cada uno de esos infiernos, me asomo embobado, espanto la nube roja, turbia, negra a veces, tratando de descubrir tu semblante que ahora, no sé porqué se me antoja mortecino, endiablado. Busco como un hambriento la silueta de tu figura, el fantasma que me pueda regalar el descanso.
   Esta noche estoy sombrío por todos lados, por dentro y por fuera. Desesperado como un loco con la consciencia desbocada, un balde de estiércol que se cae al fondo, un miserable andrajoso, un mendigo de cariño que se cuelga de las ramas bajas de las acacias de la vereda, un cauce agrietado donde hace milenios que no corre una gota de agua, seco, que necesita una ternura de tamaño imposible.
   He andado mucho Mara. No sé cómo he llegado a la rambla de la Costanera. Me detengo, miro hacia el lado derecho, me parece que sos vos la que está desnuda de cuerpo entero, impasible, mirándome de costado y con un cigarrillo en la boca. 
   ¿Me creés si te digo que me he agitado? Me falta el aire, he bajado apurado la barranca. Ahora busco el rumor del agua del río, no reparo en los detalles, porque por fin te encontré. Por ejemplo, no me fijo en cómo te llevás la mano al muslo para que no se te vuele la falda con la brisa, y tampoco advierto que tenés puesto un vestido largo de tela liviana, justamente, del color que tiene tu piel en la penumbra del amanecer. Miro la bruma gris cargada de lluvia sobre la superficie escamada de la corriente. Me pregunto si no es demasiado peso para ella, como si fuese un amante enorme que llega al horizonte.
   Es lógico que me confunda, que me parezca que estás desnuda y expuesta, porque estoy bajando poco a poco. Esto es lo primero que pienso. Le presto más atención al toque de desidia que me mostrás en los labios carnosos. Tu aspecto impecable, como la estatua de una ninfa de mármol, se ilumina cuando aspirás avivando la brasa de tu cigarrillo, que, enmarcado en tu amplia cabellera, con el dibujo de la boca pintado apenas de color rosa, se enciende, también, más o menos de acuerdo a los caprichos de la brisa. Parecés, te juro, un ángel del infierno que ha llegado para apiadarse de mí.
   El gesto de desinterés, la actitud parecida al descuido, se nota cuando tomás el cigarrillo encendido entre el pulgar y el índice. Lo acercás de costado y aspirás cerrando los párpados como si estuvieras soñando. Cuando expulsás el humo hacia arriba se te ilumina todo el rostro bajo la luz cenicienta de la luna, tenés la piel impecable, las cejas delgadas son dos huellas suaves en el desierto de la frente lisa. Sabés que te estoy mirando. En un ademán pausado y elegante tocás el aro de la copa de vino blanco y frío que está al lado tuyo. Parecés una amazona salvaje con el cuchillo filoso escondido, oculto, en la parte de atrás del cinturón.
   Cuando llegué, estoy seguro, yo vi la osamenta de una vaca en la playa escasa, porque el río había bajado. Está, permanece aún, semienterrada de costado. Me impresiona la curva del cuerno que apunta hacia arriba, los huesos tan blancos del costillar semejan los restos de un monstruo antediluviano, que se quedó sin cementerio. Es raro. La dosis que me inyecté me puso muy arriba porque lo que estoy viendo es una verdad que no puedo desmentir. Alucino, seguramente. Ahora tengo la primera sospecha.
   Con un leve movimiento, te acomodás sentada en el escalón de cemento. La pollera te desnuda las piernas, ponés los codos sobre las rodillas y los pulgares hacia arriba tocándote apenas el mentón. Unos momentos más tarde aplastás la colilla, como si fuese un insecto infectado, apretándola varias veces contra la baranda de hierro. Luego tomás el último sorbo de vino blanco y dejás la copa en el escalón. Desde mi posición tengo la sensación de que me mirás nuevamente, aunque no podría asegurarlo, con la boca semiabierta, sin sonreír, de costado. Mara, te estoy mirando, quisiera que me tuvieses compasión. Quiero oler detrás de tu cuello. Quiero abrazarte.
   Sin moverte de la escalera que baja a la playa mudás la atención a un punto indefinido de la faja estrecha de arena sucia, que se prolonga, siguiendo la curva de la rambla, hasta el muelle. Seguís en esa posición, desafiante. Tenés un talón apoyado en el filo lateral de la escalinata, el brazo derecho colgando de la baranda incompleta. 
   Y al otro lo sostenés en posición vertical, y con el puño cerrado. Aunque estás en la penumbra te veo seductora, cruel quizás, retaceando la posibilidad de una caricia. Te lo pido, Mara, no hagas eso conmigo, te ruego que no juegues con la desolación que me trajo hasta aquí. Los botones superiores de la blusa arremangada se te desprendieron. O fue a propósito. Porque, sin duda, sabés que te voy a mirar las dos parábolas blancas de los pechos que quieren escapar por el borde de la tela. Y sabés que yo, ahora, voy, inevitablemente, a clavar la mirada, precisamente ahí, en el medio de esas lunas cenicientas.
   Me mirás con los labios apenas abiertos, los párpados caídos, la cabellera revuelta y el sombrero negro puesto. Con descaro.
   Entonces tengo la segunda sospecha del estado en que me encuentro, porque veo el cuerpo muerto de una gaviota en la orilla, la inevitable muestra de un mal presagio. El agua zarandea el bulto llevándolo más lejos, sobre la arena más seca, como queriendo expulsarlo, como exponiéndolo más, evitando tragarlo y llevarlo al fondo, hacia adentro. Es el espíritu de las aguas que no quiere regurgitar el diminuto Leviatán.
   El ácido que me recorre la sangre se está consumiendo, estoy un poco mareado, tengo menos fuerzas para caminar, mis pies se hunden en el barro, son dos estacas que me convierten en un espantapájaros ridículo. Me cuesta avanzar, cada paso me duele, la sangre fluye demasiado lánguida, perezosa, por mis venas. La barcaza en que he viajado está deteniendo su marcha, todo se balancea, el mar me acuna. 
   Estoy detenido, me quedo atascado en el lodo sin poder alcanzarte, porque esta playa no tiene las arenas blancas como las del Caribe, es marrón, casi negra, con lodo que trae el agua que baja por el Paraná y forma bancos en lo profundo, tan grandes, que son capaces de hacer encallar a los barcos que traen fruta o troncos desde más arriba, mucho más arriba, lejos de este puerto lleno de esqueletos metálicos. No puedo llegar, Mara, cada vez te veo más lejos. 
   El viento ulula sobre el agua deshaciendo la nieve de las crestas de las olas. El río está picado. Amanece. Tu figura aparece y desaparece. Todo vacila. Necesito el calor de tu cuerpo, necesito que me hables. La negrura sigue girando en mi cerebro. Mara, ¿sos vos?
   Entonces siento la tercera señal, ya no hay sospecha, estoy bajando, no hay duda. La sombra lo invade todo, por un momento los globos oculares giran hacia arriba y me veo las cuencas de la calavera. Y vuelven a su posición, no puedo controlar sus movimientos. Mi vista se enturbia. Mara, te estás evaporando.
   La mañana acerca sus primeros destellos. Siento que estoy lejos de todo, tiemblo de frío. Quiero derramarme en el refugio de tu regazo grabando las últimas pisadas que me separan de vos. Lo intento, pero es un esfuerzo inhumano que se me escapa. No alcanzo a tomarte de la muñeca para que me lleves a compartir tu lecho, a duras penas llegué hasta aquí, no es suficiente, la tiniebla se acumula como un fantasma delante de mi vista. Pierdo toda esperanza, seguro que el aire, por encima de mí, está más iluminado, siento el calor del sol, pero todo lo que veo son esas malditas sombras. Te lo juro.
   Quedo derrumbado al pie de la escalera, sin quererlo. Veo el río de color granate, como la sangre seca, y el cielo negro de brea, se avecina una tormenta bíblica. En mi cerebro danzan animales pequeños en medio de la oscuridad. No tengo ganas de seguir caminando. ¿Me voy a quedar quieto hasta que todo pase? Siento que he tocado el fondo sucio y empantanado de la resaca. Mis pensamientos vacilan al borde de un abismo, las tinieblas se aproximan, me acechan, se acercan cada vez más, siento que me voy a desvanecer definitivamente. No me abandones, Mara. 
   Mara…

   Tilo no recuerda nada más desde ese momento hasta ahora. Se despierta. Está acostado en una cama que no es la de él. Se encuentra en un dormitorio que no logra reconocer. La luz entra por la ventana. Se incorpora despacio y se levanta de la cama. Tiene la cabeza despejada. Mira en derredor y reconoce el dormitorio de Mara. Ha dormido demasiado. Se viste y aparece en la cocina. Ella ha preparado el mate. Está parada, recostada con la cadera contra la mesada.
   —¿Quién me trajo hasta acá? 
   —Yo.
   —¿Y cómo me encontraste?
   —Me avisó Gabriel que estabas tirado cerca de la rambla.
   El loco de la jaula es uno de los personajes que une los delgados hilos de la información de todo lo que pasa en los anocheceres de esta bendita ciudad de Buenos Aires. Gabriel es uno de los vértices del vínculo que une a esta trama invisible que nunca se deshace. En algún momento, en algún punto, siempre se encuentran. Tilo ha perdido la conciencia al pie de la escalera que baja al río y el loco lo ha encontrado.
   —¿Y cómo hiciste para traerme aquí, hasta tu departamento?
   —Hacés demasiadas preguntas.
   —Contestame.
   —Acá, en mi casa, las reglas las pongo yo.
   Mara le contesta de mal modo, no le gustan los interrogatorios. Se sienta, revuelve la bombilla y se sirve otro mate.
   —¿Querés?
Tilo, sin mostrar ninguna emoción en el rostro, le quiere devolver esa especie de desaire que lo ha descolocado. La quiere mucho a Mara, pero a él la calle le ha enseñado a soltar la lengua enseguida. La respuesta se le articula en la voz casi de inmediato. Se sienta, señala con el índice rígido y el brazo extendido hacia la pieza, y le dice sin gritar, pero con un odio que no puede retener.
   —Y ahí… en ese puto dormitorio… ¿a todos les aplicás las reglas?
   Ni bien sale de su boca la última palabra, se arrepiente, pero ya es tarde. Tiene un tono de voz grave, profundo, aparentemente sereno, habla serio y es cortante cuando quiere. La calle le ha enseñado a no ser flojo y, a veces, es demasiado hosco. Piensa que ella tiene la sensación de que él se comporta como un chico celoso, y tiene razón. Tilo ve, en esa pieza vacía, los fantasmas de los hombres que se acuestan con Mara. Y no advierte que eso es imposible, ella trabaja en los bares del Bajo y después los lleva a los hoteles alojamiento que se encuentran subiendo la barranca, sobre San Martín. Nunca los trae acá, a su casa. Se siente terriblemente culpable. Por hacer algo mira hacia el techo, se pone de pie, apoyando los pulgares en la cintura y camina dos pasos.
   Mara siente el pinchazo, soporta con estoicismo la insolencia. Lo quiere a Tilo, pero hay algunas cosas que le debe dejar en claro. Abandona el mate sobre la mesa, lo mira y le contesta con calma, pero levantando un poco el tono.
   —En ese puto dormitorio, como vos decís, anoche te di lo mejor que tengo. Algo que no le doy a cualquiera. Y en ese puto dormitorio no trabajo. Y ahí entran solo los hombres que yo elijo, pero a veces… me parece que elijo mal.
   Tilo siente el golpe de las palabras. Se levanta, se coloca la campera y por despecho tira unos billetes sobre la mesa. Mara se enfurece.
   —Levantá esos y billetes y andate.
   Ella se ha cruzado de brazos, el enojo se le nota en la expresión de la cara. Él agarra la plata, se la mete en el bolsillo, se dirige al corredor, y cuando va a salir vuelve sobre sus pasos. Se acerca despacio y le pide perdón, trata de ser tierno. Ella no dice nada, sigue en la misma posición. Entonces se da cuenta de que la ha ofendido. La ha herido en serio y ahora la tiene que escuchar.
   —Te lo voy a decir una sola vez. Hace dos días que estás acá, te fui a buscar, estabas embarrado hasta las orejas, te lavé y te planché toda la ropa, te bañé y te dejé dormir en mi cama. Yo dormí en el sillón del living. Te hice el amor porque me lo pediste y porque quise. Yo no le abro el corazón a nadie y con vos lo hice. ¿Y vos me querés pagar? Esto no tiene precio Tilo… ¿Sabés que somos nosotros? —y aquí hace una pausa, Tilo no le saca los ojos de encima, la quiere besar, está tan linda esta mañana, pero permanece callado y ella sigue— Nosotros somos amigos. Es lo mejor que nos puede dar la vida, nada más que eso. Yo soy prostituta, Tilo, ¿entendiste? Vos no sos mi cliente, ni mi novio, ni mi rufián —cuando le dice esto ya está parada frente a él y para reafirmar lo que le está diciendo lo señala con el dedo, como si lo encañonara—. Metételo en la cabeza y guardate en el corazón los recuerdos de estos momentos que pasamos juntos, es lo mejor que puedo darte. Ahora andate.
   Él se acerca y con suavidad le toma los hombros con las manos, la atrae suavemente y comienza a abrazarla; ella lo deja hacer. Tienen, los dos, una mezcla agria de tristeza y candor, casi al filo de la angustia. En el silencio de la cocina se escucha solo los dos alientos y el goteo de la canilla sobre la bacha metálica. Él no quiere dejar de apretarla contra el pecho, ella no quiere salir de ese lugar. Ninguno habla en esos minutos interminables y deliciosos. Mara insiste.
   —Andate Tilo.
   Tilo quiere reparar su error, le levanta el mentón con suavidad. Ella le rodea la cintura con sus brazos. Él le acaricia la espalda. Ella levanta los talones y le acerca los labios. Y se dan el beso más largo del mundo, como si fuese la primera vez. 
   Tilo advierte que las sombras de su cabeza se disipan, ella tiene los párpados cerrados, la humedad de las bocas se funde en una sola. Parece que ambos buscasen el interior del otro, aprovechando el silencio, el contacto, la proximidad. Son dos perros de la noche dándose una tregua, aplacando un poco la inclemencia de la soledad, olvidando por un rato la miseria nocturna que conocen, la de los muros desnudos, la mordedura del hambre. Él quiere que este instante sea eterno, o inmortal. Pero ella decide que el beso se termine. Lo desplaza con cuidado liberándose del abrazo. Es una de las pocas veces que él la ve sonreír.
   —Andate —le dice ella otra vez.
   Antes de salir Tilo se da vuelta y con el picaporte en la mano la mira.
   —Mara, quiero volver a verte.
   Ella lo mira y no dice nada. Ni sí, ni no.
   Tilo sonríe. Ella se ha sentado y sigue con el mate. Él observa con atención la imagen a contraluz de la belleza de Mara para que le quede grabada en la memoria. El corazón le late fuerte. 
   Ella le hace la segunda advertencia.
   —Tenés que dejar de inyectarte esa porquería si querés que te abra la puerta otra vez.
   —Te lo prometo —dice Tilo. 
   Y sale a la calle.


Safe Creative #1708073249560

22 comentarios:

  1. Este me lo guardo. Ando sin tiempo y con la lengua fuera.
    No me gusta leer a vuela ojos.
    Hasta pronto Ariel, desde que pueda con tiempo y calma.

    ResponderEliminar
  2. Vamos por partes (Decía Jack el destripador). He leído bastante literatura argentina. Unos diez o doce autores esenciales, empezando por Borges. Y precisamente la legendaria austeridad del maestro arrastró con su estilo al resto. No voy a mencionarlos, no es necesario. En cambio me falta leer un poco de la exuberancia de los autores del “boom” latinoamericano. El resto de mis lecturas ha sido en lengua extranjera.
    ¿Para que este introito?
    Para decirte que, de una manera noble y laboriosa, estás creando un estilo muy personal. ¿Sabés qué impresión tengo al leerte? La impresión de que estoy leyendo a un valiente. Por de pronto el núcleo de la historia, la relación entre la prostituta y Tilo no deja de ser ciertamente convencional. Sin embargo no te intimidás ante nada. El minucioso comienzo del conflicto con “El Polaco” y la acción dramática del desenlace final, con Mara, lo dicen todo. Y en el medio (sabiamente en bastardilla) el drama interior de Tilo, su derrumbe cerca de la costa del río, su nostalgia por la mujer que ama (o que cree que ama) y también el desenfado en las metáforas me parece excepcional. Estás creando algo nuevo, vaya uno a saber qué. Por de pronto sos una especie de rey de las metáforas. Pero en ningún momento desbordado. Todo el monólogo introspectivo de Tilo recurre a ellas. Aunque no son barrocas. Por el contrario, Son agudas, son oscuras, son medidas y según creo, estéticas y adecuadas. En ningún momento abruman al lector. En fin, gran trabajo, pibe de Palermo. Te siento como un orfebre obsesivo cuando leo tus escritos y creo que en realidad lo sos. Te mando un gran abrazo, escritor.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Muchas gracias, Néstor. Tu agudeza de lector, que tantas veces te he comentado, algo debe de estar viendo y eso me pone muy contento. Cuando escribo, y es algo se está produciendo con más frecuencia, me parece que estoy peleándome con algo interno. Me parece que es producto de la búsqueda de una voz que me identifique, como me dijiste la primera vez que nos vimos.
      No quiero desprenderme de las "metáforas", pero creo que no debo abusar de ellas, y el texto llano me parece necesario, pero es lo que más me cuesta, me parece que le falta algo. Por eso intento una solución intermedia, por eso siempre estoy buscando algo nuevo, pero con ese objetivo. El tema siempre llega, pero la forma de contarlo es lo que más me preocupa. Es como un conflicto a resolver, pero cuya meta, por cierto inalcanzable, con los sucesivos escritos, la veo con un poco más de claridad. Con altibajos, obsesivo, como si faltaran segundos para que termine el partido y yo todavía sigo buscando el arco.
      Te agradezco, Néstor, todo lo que me decís me sirve mucho, muchísimo. Sos un grande. Te mando un abrazo.
      Ariel

      Eliminar
  3. Cada vez me impresiona más como escribes, tu talento para construir la psicología de los personajes con un lenguaje poético y al mismo tiempo precioso. Creo que ya te he dicho alguna vez que me gusta leerte en voz alta y recrearme en el sonido de las palabras. Pero también disfruto con tu don para mostrar la complejidad del ser humano, sus sentimientos y contradicciones.
    Una maravilla querido Ariel.
    Besos y mis felicitaciones

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Le pongo mucha energía y trabajo al interior de los personajes, con la única ayuda de mis propios conflictos, vivencias, reflexiones, es una lucha que libro en el momento crítico de la escritura, que es cuando estoy en soledad frente a la pantalla, tratando de escuchar lo que me dictan mis pensamientos. Cuando veo que lo primero que sale puede prosperar, me relajo y comienzo con la larga tarea, pero más agradable, de acomodar, quitar y poner, corregir, reescribir, y sobre todo repasar para colocar belleza en dónde está faltando.
      Como verás, Ana, no soy de los que escriben de un tirón, pero, salvo el "parto" inicial, el resto lo disfruto. Te digo esto porque todo lo que escribo, cobra sentido si logro sacar (a veces podré, a veces no) dentro de mí esas contradicciones, y complejidades que mencionas. Me parece que es una de las funciones, el significante tal vez más valioso, que tiene esta pasión por el mero hecho de escribir.
      Me encanta que me digas que lees el texto en voz alta, no sabes cómo me gusta que me lo menciones.
      Un beso.
      Ariel

      Eliminar
  4. Hola Ariel. Otro episodio más para la historia de Tilo, en el que se amalgaman personajes de otras historias, como Gabriel y el ambiente del Trópico. Tus relatos van marcando los diferentes momentos de la historia de Tilo, con Mara, con Lorena y sin Lorena, y siempre consigo mismo y su forma de ver el entorno y su vida.
    Me gustó mucho. Me pareció muy rico en sensaciones y eso lo lográs a través de la metáfora con la que dibujás tanto cosas como emociones.
    Un abrazo grande, amigo!!

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Son personajes que con el tiempo se han ido construyendo solos. Es muy raro lo que sucede cuando uno escribe, por lo menos es lo que pasa a mí, porque las cosas interiores que uno arrastra de la vida, que es lo que en fondo quiere sacar afuera, alguien las tiene que contar. Y son muchas y muy complejas. Es todo una labor ir encontrando las voces que puedan decirlas. Son como actores que voy poniendo en escena para contar lo que tiene algún interés para mi.
      Me alegra mucho que te haya gustado Simón. Un abrazo, amigo!!
      Ariel

      Eliminar
  5. De todos los que te leí de la historia de Tilo, este episodio me parece el más elaborado, el que cala hondo en la psicología del personaje y muestra una faceta oscura y desgarradora al mismo tiempo.
    Es impresionante la cantidad de imágenes que fluyen con naturalidad a lo largo del relato. Hay partes que realmente me emocionaron. Excelente texto, Ariel.
    Un abrazo grandote, compañero de letras.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Así es Mirella, le dediqué bastante tiempo, es para mí un tramo fundamental en la vida de Tilo. Quise mostrarlo con algunas de sus virtudes y sus miserias, sus carencias. Cómo es el amor con una prostituta, qué le pasa con la droga, la noche, la soledad. Y también la elección de la forma de contarlo. Me parece que es un personaje muy rico para escarbar en su psicología.
      No sabés cómo me gusta que me digas que te ha emocionado. Es muy lindo, porque cuando estoy escribiendo no me doy cuenta de lo que puede pasarle al que va a leer. Estoy aprendiendo Mirella, siempre estoy aprendiendo, corrijo mucho, soy inseguro, obsesivo, me acosan las dudas (la "jodida duda", como diría Isabel). Esa es la parte que me lleva más tiempo y en la que tengo que tener más cuidado porque me pierdo emocionalmente. En cada repaso tengo que volver al estado sentimental en el que está la historia y, al menos es lo que a mí me pasa, a veces dejarla a un costado, hasta olvidarme un poco para luego volver con la cabeza más fresca. Como ves, yo soy de los que sufro escribiendo.
      Vos sos una excelente escritora que lee muy bien, es muy importante para mí tener tu punto de vista. Las cosas que decís, al mismo tiempo que me alientan, me van orientando. Sos una generosa compañera de letras.
      Un abrazo grande y afectuoso.
      Ariel

      Eliminar
    2. Ariel, somos muy parecidos, también soy una obsesiva perfeccionista, siempre con la duda balanceándose sobre mi cabeza. La mayoría de las veces sufro más que disfruto al escribir, quizás porque me involucro emocionalmente demasiado.
      Me gusta mucho Tilo ¡avanti, ragazzo y con toda la fuerza!
      Abrazo.

      Eliminar
    3. Yo no te lo quise decir, pero me pareció que vos vivías la tarea de escribir de un modo similar. Y me atrevo a decir que también debe haber tanto de mí en Tilo como de vos en Piera. Yo también te mando mucho ánimo. Se sufre pero también se disfruta cuando sale algo con lo que quedamos conformes.
      Un abrazo grande.
      Ariel

      Eliminar
  6. Como no, el omnipresente Tilo llevaba tiempo sin aparecer por el blog y ya tocaba, esta vez dejando atrás la adolescencia pero siempre perdido en sus conflictos emocionales y amorosos. En esta ocasión introduces un tema nuevo en su vida que no había aparecido antes, como es el coqueteo con la droga. Una sustancia que te sirve de excusa para ese largo monólogo interior de Tilo en el que sueña y divaga a la vez. Al final su amiga termina por encontrarlo y es aquí donde a mi juicio se produce la escena que marca la impronta del relato, donde cargas verdaderamente las tintas, ese tira y afloja de emociones y frases a medio decir entre ambos que dan cuenta de su tortuosa relación, de sus sentimientos y de la vida complicada que llevan ambos.
    Si me permites el atrevimiento Ariel y a modo de humilde consejo, a mi modo de ver el diálogo tiene sus luces y sus sombras. Por un lado lo que es el diálogo en sí, las frases acotadas que pronuncian los personajes, está muy bien hecho, natural, ni le sobra ni le falta, y una cosa muy importante es que expresan en cada momento la emoción que experimenta el personaje, algo que no es sencillo de conseguir. Incluso el vocabulario que escoges le viene perfecto. En este aspecto chapó por tu trabajo. El pero llega cuando se rompe la continuidad con anotaciones del autor que vienen a expresar lo mismo que ya se intuye en la conversación entre Tilo y Mara, como si quisieras justificar lo que ya se lee entre líneas en el propio diálogo. Por ejemplo hay frases que expresan rabia, enfado, orgullo, tristeza, soledad, hastío...no es necesario que se vuelva sobre ello en la voz del narrador pues se resta fuerza al trabajo realizado y se pierde continuidad entre una frase y otra. La fuerza de un diálogo es el diálogo en si mismo, lo que lo rodea no debe cobrar peso sobre él. Otra cosa son las descripciones de gestos o circunstancias que refuerzan la escena y nos ayudan a verla, en ese aspecto ninguna pega. Espero que no tomes a mal el comentario, no soy muy de consejos en los blogs pero en este caso me pareció necesario. Por supuesto es mi opinión subjetiva.
    Por lo demás, un relato excelentemente escrito, introspectivo y metafórico, y como he dicho respecto lo que es el diálogo en sí, excelente también. Un abrazo.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Es un "eslabón" más de los muchos que faltan contar de la historia de Tilo. Hace rato que quería encontrar la forma de armar este tramo de su vida y, como siempre, quitando y poniendo, se fue ensamblando el modo de hacerlo. Este personaje, apoyado en otros como Gabriel, Lorena, Mara, Jedrek, me dan la posibilidad de poder exponer, por intermedio de ellos, mis propias contradicciones, sentimientos, vivencias, dolores, estrecheces, culpas. La primera vez apareció de improviso, te diría que fue sin pensarlo, y así también se fue formando su "personalidad" la cual me parece que no terminará de completarse nunca. Es como si de repente hubiese aparecido un saco vacío, apropiado, para llenarlo de cosas. Y así fue creciendo. Quiero decir que nunca me propuse que llegara hasta aquí. A veces, me sorprendo, cómo se va pintando solo con los colores adecuados. Por supuesto con mucho trabajo porque a mi me cuesta mucho tiempo y esfuerzo emocional abordar mis propios demonios interiores.
      Respecto de los diálogos, Jorge, te agradezco muchísimo este comentario, sabes que es mi punto más flojo y me alegra que los veas adecuados. Es muy importante lo que dices porque la fortaleza que tú muestras en ese aspecto es envidiable, nada más que remitirme a tu "Lorca", relato que recuerdo muy patente. No son comparables dado que los de aquí son breves, pero hago alusión a ellos porque tú, allí,has construido, prácticamente, todo el relato con ellos.
      No había reparado en lo que apuntas y me viene muy bien para reflexionar sobre esas reiteraciones de la voz narrativa que le hacen perder continuidad al texto. No tienes porqué esperar que lo tome a mal, Jorge, amigo, sabes que respeto mucho tu lectura, sé que cuando marcas algo que te parece que no es adecuado lo haces por la estima que me tienes y con el ánimo de colaborar, y debes saber que lo haces muy bien, que te lo agradezco mucho y, por sobre todas las cosas que lo tengo en cuenta para corregirlo.
      Estoy de acuerdo que todas las opiniones son subjetivas, pero te haré una confesión. A mí me parece que hay afinidades, algo que me parece mágico en este mundo tan sutil que es el de las letras, y me parece que, como en la vida, uno se encuentra con personas con las que comulga en algún punto, eso me pasa a mí contigo. Desde los tiempos de TR, cuando tú me hacías los primeros comentarios, estoy seguro, que comenzó el afecto que te tengo, y del que no podría precisar con exactitud en qué sitios, en qué rincones de los que escribimos se unen los lazos de conexión de esta trama de coincidencias emotivas.
      Te mando un gran abrazo, Jorge.
      Ariel

      Eliminar
  7. Éste trabajo tuyo, Ariel, tiene varias vertientes. Una intimista, especialmente cuando Tilo se “confiesa” en primera persona a Mara, con una intensidad rayana en el delirio no solo amoroso, sino en la locura, el infierno de las drogas y de la soledad. Es álgido y tremendo, Tilo ha hablado en carne viva mostrando sus llagas, sus penurias, su sed de Mara, su necesidad afectiva. Tilo es imperfectamente humano.
    Compensa y equilibra la parte dialogada con Jedrek (a mi modo de ver, ha sido inteligente este cambio de una voz a otra, de un modo a otro y hasta de tiempo verbal)
    Conseguida también la ambientación decadente, el cabaret, supongo, de penumbra rojiza, los guardas de seguridad, el submundo de la mafia, la nocturnidad y alevosía.
    Y todos esos diversos aspectos orquestados a disposición de la expresión de las emociones internas de Tilo, sin olvidar el valor de los matices eróticos, y siempre, con la emotividad como bandera.

    Disculpa Ariel que haya tardado tanto en comentarte, he estado, aún lo estoy, un poco liada. Un abrazo mi amigo.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Quise mostrar a un Tilo, como tú dices, imperfecto, con las contradicciones y las rebeldías de su edad, aprendiendo a entender sus propias emociones y las de los demás, todavía creciendo. Es el primer relato en el que se muestra a los 22 años. Hay muchos eslabones que faltan, todavía, en su historia.
      Quise hacer énfasis, en especial, en las limitaciones del amor que encuentra en el mundo de las prostitutas, en este caso encarnada en Mara.
      Me agrada que veas acertada la forma de haber separado esas dos "vertientes" del relato. Como verás, es una estrategia que pongo en juego, pero sin saber si tendrá buen efecto. Es como que estoy intentado contar de otras formas tratando de llegar a la más adecuada, y me parece que la única forma de saberlo es, pues, escribiendo y mostrando. Por eso pongo mucha atención a lo que me dices. Es todo muy bonito como siempre.
      Yo también, Isabel, te mando un abrazo con mucho afecto.
      Ariel

      Eliminar
  8. Cómo no? Tilo de nuevo!, cada vez que te leo un relato con este personaje me doy cuenta de la complejidad de su personalidad, ... es una constante en tu estilo que le trasmite carácter propio a tu modo de escribir. Enhorabuena!

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Es muy alentador tu comentario porque es una preocupación, al mismo tiempo que una necesidad, el mostrar todas las facetas de la "anatomía" interna de Tilo. Muchas gracias por pasar por aquí y dejarme tus felicitaciones.
      Un gran abrazo, Norte!!!
      Ariel

      Eliminar
  9. Me gusta leerte pero necesito tiempo ...
    Pienso corto y escribo corto ...
    Me meto en tu texto .y en lo que dices... te entiendo...
    Tu personaje me gusta ya que es complejo
    Te imagino de la misma manera.De largas charlas en el telefono
    abrazo desde aqui Miami

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Gracias por todo lo que decís. Es un placer que vengas por aquí. Querida Mucha, te mando un beso desde nuestro Buenos Aires querido.
      Ariel

      Eliminar
  10. Cada vez que te leo más me impresiona tu manera de transmitir relatos, tienes el don de la sensibilidad, y es que escribes desde todas las vertientes, tu inspiración es innata e increíble, y en verdad te admiro, amigo Ariel.

    Entre las sombras puedes pintar murmullos de voces, como música suave, todo lo puedes transformar con tus letras.

    En este caso el protagonista, nos vuelves a traer a Tilo, con sus veintidós, años, con su metro noventa, en su caminar nocturno en Buenos Aires, y el club su paraíso donde estaba Mara, la que despierta sus sensaciones, y esa escalera al cielo.

    Me gusta la expresión que utilizaste: ***los recuerdos se le atropellan en la nuca***.

    Triste sin Mara, siente el dolor y la busca con desolación.

    Qué preciosidad lo que dijiste en esta frase: ***En cada célula del cuerpo me dejaste pintado un tatuaje de sosiego, y en la voluntad me dejaste colgado un talismán que me debería guiar a tu encuentro***.

    Inmensas sensaciones las que describes en este bellísimo relato, de Tilo, en verdad, es un lujo leerte, para saborear cada frase.

    Gracias por seguir escribiendo deleitándonos con tu arte literario.

    Besos y feliz domingo.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. No sabes cómo me agrada seguir el recorrido que has hecho por el relato, que me cuentes con detalle lo que has sentido, y dejarme llevar por el anhelo de saber cuáles han sido las frases que más te han gustado.
      Y también disfruto, María, observando con atención, entre tus palabras, cómo deshojas el texto tratando de separar las partes en que has visto alguna belleza, las que más te han conmovido.
      De veras, es un placer percibir como tu sensibilidad desmenuza, hurgando entre las cuentas del collar, aquellas piezas que más brillan a tu gusto, los frutos que te parecen más deliciosos.
      Cuando tu comentas un texto mío tengo una sensación agradable, placentera, quedo extasiado ante lo que dices, siempre, y de un modo inevitable.
      María, eres una encantadora de letras.
      Un beso.
      Ariel

      Eliminar